A Vox no le pueden sentar mejor los disturbios en Cataluña

El líder de Vox, Santiago Abascal.(AP Photo/Bernat Armangue, Pool)

No es bueno para la imagen de la ciudad, ni para el turismo, ni para la economía catalana... por no hablar de los heridos registrados. A nadie le viene bien el conflicto callejero de Cataluña, salvo a Vox. Cada noche de disturbios en la capital barcelonesa le ha supuesto al partido de ultraderecha un chute de intención de voto del orden de medio punto. Cómo serán las cosas que Santiago Abascal aspira ahora mismo a rozar los 40 escaños. Cuatro decenas de diputados de la extrema derecha cosechados al calor de los contenedores calcinados en la ciudad condal.

Negocio redondo para él, mal negocio para la derecha. Ya que el robo de votos de Vox afecta al PP, que ve frenada su progresión, y a Ciudadanos, que se descalabra cada día más. Una fagocitosis inocua para llegar a la Moncloa, dado que con la ley d´Hont esta atomización del voto seguiría beneficiando al PSOE. Pero Abascal no está por la Moncloa. Está por superar a Ciudadanos y ser el tercer partido de España, casi nada.

Es como si en una carrera llana de ciclismo los principales candidatos a ganar la etapa fueran al ralentí vigilándose los unos a los otros y, por el otro lado de la calzada -sin que nadie les preste atención-, hubiera un corredor sin opciones a la general que arrancara un sprint pillando a todos por sorpresa. Pues ese ciclista sería Santiago Abascal. Lo dicen las encuestas de ABC, La Razón, 20 minutos o El Mundo. Por lo que no parece una interpretación equivocada de un sondeo concreto.

¿Cómo está consiguiéndolo? Pues sin hacer demasiado ruido. El día de la sentencia del 'procés' sus dirigentes la calificaron de "vergonzosa" por blanda. No entendían la ausencia de penas por rebelión. Y desde entonces no han hecho más que alimentar ese discurso fuera del terreno de debate tradicional. Es decir, Abascal no habla de 155 o de reuniones bilaterales... habla directamente de esposar y encarcelar al presidente de la Generalitat, Quim Torra, o de cambiar a su antojo el centro penitenciario de los políticos presos.

El proyecto de país de Vox no tiene sentido sin tensión. Pocos españoles optarían por la ultraderecha como opción política para dirigir el país desde la Moncloa. Pero ahora solo hay tensión. Tanta que la política como tal ha desaparecido. La precampaña se articula a golpe de tuit, de meme o de vídeo viral. Y no busca ir más allá de afear una situación o denunciar un agravio. Y ahí Vox es perfecto. No le hace falta programa político. Porque nadie se lo pide. Ellos solamente prometen mano dura, aunque para ello tengan que saltarse la separación de poderes como refleja la petición de esposar a Torra. Vox quiere ser poder ejecutivo, judicial y legislativo todo a la vez. Una dictadura en toda regla. ¿Les suena?

Pero mientras la violencia no cese porque los unos no quieren dialogar y los otros no piden que dejen de incendiarse las calles, nadie mira más allá de la fogata. Estas tres semanas de tensiones benefician a la ultraderecha, y luego tendrán que pasar cuatro años para revertirlo en las urnas. España está en peligro con Vox. Y no al revés.