A todos los que decís que los periodistas han ido a La Palma buscando morbo.

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Decís que son morbosos. Que buscan lágrimas. Que sólo quieren desastre. Que para qué han ido hasta La Palma los grandes presentadores de las cadenas. Que dejemos en paz a los palmeros, que bastante tienen. 

Decís también que el periodismo televisivo no es serio, que sólo busca audiencias y que para conseguirlas está dispuesto a faltar el respeto. O lo que haga falta. 

Decís, criticando desde vuestros sofás, que lo que han ido a hacer decenas de compañeros a la isla se llama carroña. Entre otras cosas. Sólo la televisión, por supuesto. 

Pues sin esos compañeros quizá seguiríamos pensando que menudo espectáculo de la naturaleza es ver la lava saliendo del nuevo volcán. Sin ver la lava engullendo casas seguiríamos pensando que menudo punto de atracción turística se va a convertir la isla. Sin ver la angustia de los desplazados cargando a toda prisa lo que pueden en sus coches no podríamos imaginar lo que están pasando. 

Las historias las hacen personas. Sus miedos, sus lágrimas, su angustia. Contado desde el máximo respeto, sin esas historias el resto del país no seríamos capaces de ponernos en su piel. La empatía hacia el sufrimiento de los palmeros es grande e intensa porque hemos visto cómo sus casas, sus escuelas, sus iglesias y su modo de vida desaparecen para siempre, como si nunca hubieran existido, como si sus vidas hasta este instante se volatilizaran. Si hemos estado enganchados al televisor y se nos ha erizado la piel es porque mis compañeros periodistas nos han contado el dolor de los palmeros en primera persona y nos hemos imaginado siendo ellos, desplazados, destrozados, sin hogar, sin volver nunca a las calles donde hemos vivido, a los vecinos que hemos tenido, a la tienda donde comprábamos. Y si la ola de solidaridad es tan inmensa es porque lo hemos visto. 

Sin verlo, no alcanzaríamos a imaginar la dimensión de la tragedia. 

Y sí, algunas veces, en la tensión del momento, en la ansiedad por acercarse a la lava para contarlo mejor, en el estrés por llegar a tiempo a la conexión en directo, quizá nos hemos puesto nerviosos, o no hemos calculado bien la dimensión de las imágenes que estábamos mostrando. En los medios trabajamos a contrarreloj. Y las imágenes, los textos o los titulares pasan por muchos ojos apresurados. 

Pero hay que verlo. Aunque duela, o precisamente porque duele. Sólo si nos duele a los demás seremos capaces de saber qué están pasando las víctimas para que nunca se olvide su historia y los políticos no los dejen de lado.

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