800 millones de personas viven su día a día junto a un volcán activo

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Vista de la imponente silueta del volcán Popocatépetll en el estado de Puebla, México. (Imagen creative commons vista en Flickr / hdaniel).
Vista de la imponente silueta del volcán Popocatépetll en el estado de Puebla, México. (Imagen creative commons vista en Flickr / hdaniel).

Cuando en 1949 el volcán de San Juan entró en erupción en la isla de La Palma, los lugareños vivieron episodios similares a los que ahora vemos en vivo y en directo, aunque lógicamente sin tanta fanfarria mediática. El mundo entonces era otra cosa, y en aquel tiempo de posguerra España no podía considerarse un país desarrollado. De hecho no había ni un solo sismógrafo instalado en toda la isla, de modo que las primeras noticias llegaron tras la alerta de un pastor que vio agrietarse la tierra. Tampoco había nadie explicando que la fajana provocada por el volcán era terreno de titularidad pública (lo cual es lógico, puesto que la España franquista no contaba con legislación al respecto) razón por la que hoy el delta del San Juan, formado hace apenas 70 años, está repleto de viviendas y cultivos de plataneros.

Habrá quien piense que es una auténtica barbaridad vivir tan cerca de un volcán, y que debería haber leyes que penalizasen la construcción a cierta distancia, pero las cosas no son tan sencillas. En teoría cualquier terreno ubicado en un área volcánica puede despertarse un día con una boca emitiendo magma, ya que no todos los puntos de erupción volcánica son tan predecibles como el Etna o el Vesubio.

De hecho os sorprenderá saberlo, pero casi el 10% de la población mundial (hablamos de 800 millones de personas) viven en un radio de 100 kilómetros alrededor de un volcán activo, es decir de uno que podría poner en peligro sus viviendas y sus vidas en cualquier momento. Esto sucede en todo el planeta y no es para nada un hecho extraño. En Japón, la ciudad de Gotenba (90.000 habitantes) se encuentra a 35 kilómetros del Monte Fuji. En Italia la ciudad de Catania (310.000 habitantes) se encuentra a 41 kilómetros del Etna. En México la ciudad de Heroica Puebla de Zaragoza (1.500.0000 habitantes) se localiza a 60 kilómetros del volcán Popocatépetl. Por no hablar de lo que supone vivir constreñido a la geografía isleña de lugares como Indonesia, Canarias o Hawái, donde residir alejado de un volcán es prácticamente imposible.

Para alguien como yo, que viva en Asturias, donde según las estimaciones históricas hace 477 millones de años desde la última erupción volcánica, vivir cerca de uno de estos monstruos magmáticos puede parecer una idea pésima, pero aunque no lo creáis también tiene sus ventajas. Por citar las más obvias, los volcanes producen suelo fértil y recursos minerales explotables como el azufre, generan beneficios como atracción turística, facilitan el acceso a energía geotérmica, crean paisajes de gran belleza estética, e incluso otorgan importancia cultural a los emplazamientos cercanos.

Obviamente, a lo largo de la historia se han dado múltiples casos de asentamiento de viviendas “forzosas” en la ladera de un volcán por razones económicas. Estos emplazamientos eran ocupados por las comunidades más pobres y marginadas, a las que no les quedaba más remedio que vivir en las partes más peligrosas del volcán, casi por descarte. En el pasado era común ver a los esclavos de las plantaciones vivir en lugares así, dado que el precio de la tierra allí era más barata. 

Aún a día de hoy, buena parte de las plantaciones de café existentes en países como Colombia, Ecuador y Guatemala se encuentran dentro de un área conocida como “cinturón de fuego del pacífico”, región que acoge al 75% de los volcanes más activos del mundo. Habrá quien crea que aquellos tiempos de esclavitud hace mucho que desaparecieron, pero cuando uno observa – por ejemplo - el precario y peligroso modo de vida de los mineros de azufre del volcán Ijen en la isla de Java (Indonesia) comprende que los desequilibrios siguen ahí, aunque los llamemos de otra manera.

Resumiendo, la gente ha vivido desde siempre cerca de volcanes, tanto voluntaria como forzosamente y en ambos casos había poderosas razones explicándolo. Así que si tras ver las imágenes de los ríos de lava destrozando casas en su descenso desde Cumbre Vieja, te planteaste por qué nadie en su sano juicio construiría su casa en ese peligroso lugar de La Palma, tal vez conviniera que te pusieras en la piel de los palmeros. En primer lugar ellos han nacido allí y sienten que aquel es su hogar ancestral desde hace múltiples generaciones. En cierto modo, esto también les confiere carácter, ya que la historia les ha llevado a aceptar que su hogar de nacimiento tiene ciertas peculiaridades, una de las cuales implica que a lo largo de su vida, su querida isla les puede dar un buen susto.

Obviamente uno no puede vivir instalado en el miedo perpetuo. De hacerlo, ningún habitante de California (estado en el que viven casi 40 millones de personas) podría dormir tranquilo sabiendo que la falla de San Andrés puede en cualquier momento despertarse de su letargo. Sin embargo, cuando leemos prensa de sociedad, todos envidiamos a las estrellas de Hollywood y sus ostentosas mansiones en Malibú.

En fin, como casi siempre hablar es barato… pero las cosas suelen tener su porqué y averiguarlo no es muy complicado si uno se toma la molestia de empatizar un mínimo.

Me enteré leyendo The Guardian.

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