75 años de la sentencia de Nuremberg: cuando la justicia cayó sobre la cúpula nazi

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Unos murieron, otros se suicidaron, otros escaparon y vivieron bajo un nuevo nombre, inmaculado y sin sospecha. Pocos de los miembros de la cúpula del partido nazi alemán, con Adolf Hitler a la cabeza, acabaron rindiendo cuentas ante la justicia por los crímenes de guerra y de lesa humanidad que perpetraron entre 1939 y 1945, el Holocausto, la solución final, el genocidio de más de seis millones de personas, en su mayoría judías.

Sin embargo, el 1 de octubre de 1946, hace 75 años, se leyó el veredicto que condenó a los artífices y ejecutores de la Shoa que habían podido ser localizados y apresados, hasta 24 fascistas. Hubo absoluciones, pero sobre todo, hubo horca y penas largas, hasta la perpetua. Con los ojos de hoy, aquel juicio revive el debate de la pena de muerte. Con los de entonces, fueron acogidos como un acto de justicia y de triunfo de la ley sobre el mal y un punto de inflexión, también, en la historia del derecho, pues allanó el camino de la justicia universal, con la creación de la Corte Penal Internacional (CPI). “La verdadera parte demandante en el estrado es la civilización”, como declaró entonces el fiscal estadounidense, Robert Jackson.

Cómo se armó el ‘juicio del siglo’

Durante la Segunda Guerra Mundial, los países aliados y los representantes de los gobiernos exiliados de la Europa ocupada se reunieron varias veces para discutir el trato que darían en la posguerra al liderazgo nazi. En febrero de 1945, Franklin D. Roosevelt (EEUU), Winston Churchill (Reino Unido) y Joseph Stalin (URSS) se reunieron en Yalta y acordaron enjuiciar a los líderes del Eje alemán cuando acabase la contienda. En agosto, los vencedores firmaron el Acuerdo de Londres, que permitió a un Tribunal Militar Internacional enjuiciar a los criminales de guerra que fueran identificados y cazados.

Un tribunal de jueces y fiscales estadounidenses, soviéticos, británicos y franceses se reunió entonces en Nuremberg. Los soviéticos inicialmente querían que los juicios se celebraran en Berlín, la capital del régimen nazi. Pero el Palacio de Justicia de Núremberg era más apropiado, ya que no había resultado seriamente dañado durante la guerra y disponía de una prisión grande. Además, Nuremberg había sido escenario de grandes concentraciones del partido nazi y el mismo lugar donde 10 años antes se habían promulgado las leyes racistas y antisemitas del mismo nombre impuestas por Hitler. Altamente simbólico.

Allí se enjuició a los nazis de alto rango acusados ​​de tres cargos: crímenes contra la paz, crímenes de guerra (incluido el asesinato, los malos tratos, la deportación de mano de obra esclava civil, la matanza de rehenes y el saqueo de bienes) y crímenes de lesa humanidad, (asesinato, exterminio, esclavitud y deportación de poblaciones civiles). El genocidio no se reconoció en el derecho internacional hasta 1948.

El 20 de noviembre de 1945, el presidente del tribunal, el magistrado británico Geoffrey Lawrence, describió la apertura de los procedimientos como un fenómeno “único en la historia de la jurisprudencia mundial, y de suprema importancia para millones de personas de todo el planeta”.

Los procesados

Con Adolf Hitler muerto, lo mismo que sus principales asesores, Joseph Goebbels, y Heinrich Himmler, quedaban 24 nazis de alto rango localizados. Entre ellos estaba el vicecanciller del Reich, Franz von Papen; Hermann Goering (jefe de la Luftwaffe y del rearme nazi); su asistente Rudolf Hess; su ministro de Exteriores, Joachim von Ribbentrop; Wilhelm Frick (el responsable de las leyes nazis de depuración racial), Albert Speer (el arquitecto y urbanista del régimen, además de ministro de Armamento), Hans Frank (que había tratado a Polonia como su feudo personal y había adquirido el apodo de “el carnicero de Cracovia”) o Hans Sauckel (organizador del programa nazi de trabajo esclavo). Junto a ellos, militares, diplomáticos e industriales que habían servido al régimen nazi.

Las sentencias

Entre los 24 acusados, el tribunal dictó 12 condenas a muerte, siete de prisión y tres absoluciones (una de ellas para Hans Fritzsche, que había sido la voz pública del régimen en la radio, pero que no había participado personalmente en la planificación de los crímenes de guerra). Cuatro procesados se suicidaron antes o después de haber sido condenados. El 16 de octubre de aquel 46, en el gimnasio de la prisión, se procedió a ahorcar a los condenados. Algunos agonizaron durante 20 minutos, porque se midieron mal las cuerdas. La noche anterior Goering, supuesto sucesor de Hitler, se había suicidado horas antes tragándose una cápsula de cianuro; fue el caso más llamativo.

Todos los cuerpos, incluido el de Goering, fueron incinerados y sus cenizas esparcidas en un afluente del río Isar, para evitar que sus tumbas se convirtieran en lugares de reunión de los mal llamados nostálgicos.

Los procesados, durante una de las vistas, en septiembre de 1946.  (Photo: via Associated Press)
Los procesados, durante una de las vistas, en septiembre de 1946. (Photo: via Associated Press)

Los condenados a prisión empezaron a purgar sus condenas en Nuremberg, pero en 1947 fueron trasladados a la prisión de Spandau, en Berlín, que siguió en funcionamiento hasta 1987. Ese año Hess, que había condenado a cadena perpetua, se suicidó en la cárcel. A sus espaldas, las leyes de 1935 que despojaron a los judíos alemanes de sus derechos como paso previo al Holocausto. Tenía 93 años. La prisión fue demolida para evitar que se convirtiera en un santuario neonazi.

En realidad, este fue el primer juicio de Nuremberg. 11 juicios posteriores se celebraron en la misma corte entre 1946 y 1949. En ellos, los aliados juzgaron a médicos nazis, comandantes del Einsatzgruppen (escuadrones de ejecución itinerantes especiales), funcionarios del Ministerio de Justicia del III Reich, jueces de los tribunales nazis especiales y otros miembros de alto rango del partido nazi.

Las pruebas

Desde el Museo Yad Vashem de Jerusalén recuerdan que este juicio fue fundamental para poner sobre la mesa las “evidencias de que el holocausto fue una realidad, algo que aún hoy hay quien pone en duda”. Los nazis se emplearon bien a la hora de anulas las pruebas de sus masacres: enterramientos masivos bien ocultos, cuerpos quemados, edificios y campos de labor encima de los que habían sido campos de exterminio... Los muertos no hablan, los apresados nunca fueron censados, y eso complicaba las cosas.

También la escasez de documentos oficiales que dejaron a su espalda y en los que las cosas se llamaban por otro nombre: no se hablaba de gaseamiento, exterminio, genocidio, fusilamientos, hambruna, cámaras de gas ni nada por el estilo, sino de “muerte piadosa”, “solución final”, “tratamiento especial”, “evacuación”, “eutanasia”, “acción especial”... Cualquier eufemismo valía frente al exterminio masivo de seres humanos que llevaban a cabo.

En Nuremberg, sin embargo, durante los 10 meses de juicio, se produjeron 402 vistas públicas, con 240 testigos comparecientes. Gente que vio y pudo contarlo. “El holocausto quedó desnudo ante el mundo”, explican, ya que se fue dando cuenta diaria en la prensa de todo lo que allí se narraba e incluso aparecía en los noticiarios del cine, dando a conocer al mundo el horror que los aliados sabían.

Sólo seis meses después del fin de las hostilidades, los fiscales de las cuatro potencias aliadas (Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Rusia) lograron reunir 300.000 testimonios y unas 6.600 pruebas sobre lo ocurrido, 42 volúmenes de archivos.

“La acusación proporcionó muchos ejemplos de la conducta inhumana sin precedentes de la Alemania nazi. En noviembre de 1945, los estadounidenses proyectaron una película filmada por fotógrafos aliados en áreas liberadas, y en febrero de 1946 los fiscales rusos ofrecieron como prueba una película de 45 minutos, que incluía imágenes de películas alemanas capturadas. Ambas películas proporcionaron detalles gráficos de las atrocidades nazis”, indican.

Y citan ejemplos: desde hornos crematorios a lámparas hechas con piel humana, pasando por testimonios como el de la periodista francesa Marie Claude Vaillant-Couturier, quien brindó “testimonio presencial de la brutalidad en Auschwitz”. “A las mujeres que daban a luz les ahogaban los recién nacidos frente a sus ojos, los detenidos eran obligados a beber agua de los charcos antes de bañarse, se pasaba lista a las tres de la mañana…”, enumeró.

Ni que decir tiene que todos los acusados se declararon “nicht schuldig”, esto es, inocentes.

En el juicio no hubo separación alguna entre los crímenes generales y los cometidos expresamente contra judíos, porque se consideró que la política antisemita nazi estaba motivada por consideraciones utilitarias: “lograr el control político de la sociedad alemana y abrir una brecha entre el gobierno y la población de los países aliados”.

Aunque el grado de conocimiento de la población alemana de lo que estaban haciendo sus jerarcas es materia de intensa investigación histórica, al menos este proceso y sus pruebas sirvieron para que nadie pudiera decir que no sabía. En una encuesta realizada en la zona de ocupación estadounidense en noviembre de 1945, un 65% aseguraba haberse enterado con el proceso de Nuremberg de cosas que desconocían, entre ellas los campos de concentración y los planes de exterminio contra los judíos. En el verano del año siguiente la cifra había subido al 87%, gracias a las vistas.

Las consecuencias

Los “principios de Nuremberg”, como se les conoció desde entonces, establecieron firmemente que los individuos pueden ser castigados por crímenes de derecho internacional, cometidos contra ciudadanos de diversas nacionalidades y en distintos escenarios.

También influyeron en la Convención sobre el Genocidio, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los convenios de Ginebra sobre las leyes de la guerra, todos ellos firmados pocos años después de la guerra. Tras los años de la Guerra Fría, en que igualmente se entibió este tipo de procesos, los juicios que ahora se recuerdan sentaron la base de la Corte Penal Internacional, la famosa Haya.

En cuanto a la persecución de los nazis, fue el único intento de juzgar de veras a quienes estuvieron al frente de su maquinaria de exterminio. Después de Nuremberg, sólo se ha podido dar alcance a nazis de peso medio. La mayoría de los mandamases ya murieron. Aún así, Alemania, Canadá y Estados Unidos mantienen abiertas causas contra criminales del III Reich. en un último intento para llevar ante los tribunales a criminales de guerra. Y hasta este mismo jueves había prevista una vista contra una exsecretaria que trabajó en un campo de concentración nazi y que, a sus 96 años, se ha escapado de su residencia para eludir la justicia.

75 años después del fin de la guerra, aún quedan deudas pendientes y criminales por pagarlas.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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