580,600 dólares por una cena para dos: el enorme giro de Trump en sus recaudaciones de campaña

¿Quiere ser el invitado de honor del presidente de Estados Unidos, gozar de una velada en medio del lujo y la lisonja y de pasada apoyar con contundencia sus posibilidades de reelección y su punzante estilo de gobierno? Basta con pagar 580,600 dólares para que usted y su pareja acudan a la cena de recaudación de fondos que Donald Trump realizará este sábado en la mansión que el magnate Nelson Peltz tiene en Palm Beach, Florida.

Las elecciones presidenciales son un asunto carísimo y para competir en ellas con posibilidades sustantivas hacen falta, literalmente, decenas de millones de dólares. O más.

La manera de hacerse de esas ingentes sumas ha estado por años en el foco de la crítica, sobre todo cuando esos recursos provienen de poderosos magnates o grupos de presión que, junto a su apoyo económico, buscan frecuentemente ganar influencia sobre el político beneficiado.

El presidente de EEUU, Donald Trump. (Getty Images)

Pero es común que presidentes realicen cenas privadas de recaudación de fondos, en las que el acceso es selecto y reservado a quien pueda pagar muchos miles de dólares por compartir la velada con el mandatario y, quizá, influir en él.

Barack Obama realizó varias de esas cenas y Trump, de acuerdo a The Washington Post, ha participado en al menos 48 desde 2017.

Pero la cena que Trump tendrá este sábado romperá récord por lo costoso, más de medio millón de dólares por pareja (se espera recaudar en ella cerca de 10 millones de dólares), y es muy sugestiva pues en realidad sella un giro de 180 grados de la retórica que mantuvo hace cuatro años, cuando compitió por primera vez por la presidencia de Estados Unidos.

Como relata el Post, se ha asociado a las fuertes donaciones de campaña con la pretensión, o la realidad, de ganar influencia en el candidato beneficiado, incluso de alcanzar alguna clase de compromiso o control.

El propio Trump, en la campaña del ciclo primario republicano 2015-2016, la financió con su dinero y se benefició de la ingente cantidad de cobertura mediática gratuita que generó su estrambótica candidatura.

Y, en paralelo, fustigó a sus rivales acusándolos de venderse a los intereses económicos de sus grandes donantes y lobbyistas, algo en lo que él no caería, según dijo. Y clamó saber eso muy bien porque él mismo en el pasado dio fuertes donativos a campañas políticas.

En 2020 la situación es muy diferente. En principio, Trump cuenta con la poderosa maquinaria del Partido Republicano, y habría con ello ya recaudado más de 211 millones de dólares, según Open Secrets. Y no le hace el menor feo a reunirse con multimillonarios y recibir de ellos jugosos donativos para su campaña de reelección. Justo lo que él denostó en el pasado.

Lo cierto es que nada de eso parece ahora preocuparle a Trump, y esa retórica en contra de las grandes donaciones de campaña ya no le es útil para contrastarse con sus competidores. Y aunque es dudoso que en su momento la creyera, en 2015 la usó como ariete electoral.  En 2020, y con su reelección en vilo, él está en pos de todo dólar que pueda, tanto de magnates como de personas comunes que aportan, según el caso, abultados montos o pequeñas contribuciones

Y ha logrado millones, con el añadido de que en esas suntuosas cenas él, al parecer,  disfruta de ser el centro de atención y adulación. Y, ciertamente, en esas reuniones algunos le harán algún comentario, una sugerencia, quizá algún reproche sobre alguna de sus políticas o sobre las cosas que podría hacer. Que Trump vaya a escuchar o actuar al respecto es ciertamente una incógnita, pero se ha comentado que Trump tiende a dar crédito, e incluso a atender, a comentarios de personas de gran riqueza e influencia, siempre que, por supuesto, estén en sintonía con sus planes y sus obsesiones.

Y también es previsible que Trump, simplemente, escuche pero no oiga o no haga caso y simplemente tome los 580,600 dólares para su beneficio. Al fin y al cabo, dirán algunos, los comensales quedan bien compensados con estar en la presencia del presidente.

Con todo, el giro de pasar del repudio a  las donaciones de campaña de millonarios, así haya sido solo de modo retórico, a la apertura de brazos a esas contribuciones de modo desorbitado es un indicador clave de las prioridades de Trump: la primera, desde luego, reelegirse sin tener que gastar de su bolsillo y, de paso, cultivar el entorno de magnates conservadores para solaz de su ego y el apuntalamiento de sus posiciones político-ideológicas compartidas.

En ello, el Partido Republicano se ha volcado por completo, a diferencia de 2016 cuando prácticamente no fue sino hasta que Trump logró la candidatura él que pudo contar con el aparato partidario.

Mercancía de la campaña de reelección de Donald Trump y Mike Pence, una forma de hacerse de recursos de campaña y promover su filiación y propaganda. (AFP)

¿Es pasar la charola a esos megadonantes la única vía para financiar una campaña presidencial que tiene costos ingentes? En realidad no. Ha sido una de las estrategias tradicionales tanto de demócratas como de republicanos pero hay otras opciones.

En un extremo, Bernie Sanders ha rechazado todo apoyo económico de millonarios y grupos de interés, por considerar que implican compromisos o rendiciones inaceptables, y ha basado su modelo en donaciones a enorme escala de pequeños votantes. En el presente ciclo ya ha obtenido de ese modo casi 108 millones de dólares, de acuerdo a Open Secrets. En ese ámbito su capacidad de convocatoria y su éxito recaudatorio no tienen igual.

En el otro lado, Mike Bloomberg y Tom Stayer han puesto de su bolsillo más de 200 millones de dólares, según OpenSecrets, y Bloomberg (quien ya habría desembolsado 350 millones de dólares) por ejemplo se ha negado a recibir dinero de nadie y en contrapartido ha sido acusado de tratar de “comprar” la candidatura del Partido Demócrata. Ambos son sustancialmente más ricos que Trump y han optado por dedicar esas sumas ingentes a sacarlo de la Casa Blanca. En ese ámbito, en el gasto de sus propias fortunas, y lo que aún están por gastar, tampoco tienen igual.

Trump, en su caso, ciertamente no parece estar dispuesto, ni tiene con qué, a emular el desembolso de Bloomberg o Stayer, y su maquinaria para captar pequeñas recaudaciones es poderosa, pero al parecer no tan potente y duradera como la de Sanders (que lleva ya más de cuatro años en ello). Pero Trump tiene la ventaja de que puede seguir recaudando y acumulando, reservando el gasto para la campaña general, mientras que sus rivales demócratas tienen primero que gastar en la primaria y ganar la nominación de su partido.

Pero, al final, y reconociendo que el gasto de campaña es un factor de enorme influencia, el monto que al final contará es el de los votos en la elección de noviembre. Y, en especial, de los ciudadanos en estados indecisos, a los que se dirigirá una parte mayúscula del esfuerzo de los candidatos y de sus recaudaciones.