El regalo de cumplir 50 años, la edad en la que no necesitas demostrar nada a nadie

Cuando somos pequeños nos enseñan a competir. Nos animan a ser los mejores de la clase. Nos motivan a ser los más fuertes, rápidos o ágiles para ganar la medalla o el trofeo. Nos dicen que debemos mantenernos concentrados en el objetivo. Nos empujan a demostrar lo que valemos…

Con suerte, luego llega una etapa en la vida en la que logramos aquietar todas esas expectativas y, finalmente, sentimos que ya no necesitamos demostrar nada a nadie. Suele producirse alrededor de los 50 años y es una etapa profundamente liberadora.

Los 50 años pueden ser una etapa profundamente liberadora si sabemos aprovecharla. [Foto: Getty Images]
Los 50 años pueden ser una etapa profundamente liberadora si sabemos aprovecharla. [Foto: Getty Images]

El periodo crítico para romper con las expectativas ajenas

Pasamos gran parte de nuestra vida sometidos a una sensación subyacente de expectativa. Primero lidiamos con las expectativas de nuestros padres y maestros, luego con las de los amigos, pareja, jefes y compañeros de trabajo. Miremos donde miremos, siempre hay alguien dispuesto a juzgar nuestro desempeño como hijos, padres o profesionales.

A nivel inconsciente, sentimos la presión por amoldarnos a esas expectativas. Sin embargo, tener que demostrar constantemente nuestra valía para recibir el sello de aprobación de los demás es agotador. A la larga, ese deseo de impresionar a los otros se traduce en una tensión interna que nos coloca a un paso del estrés. De hecho, gran parte del estrés de la vida moderna no se debe únicamente a las prisas y la sobrecarga de obligaciones sino también a la presión por ser perfectos que nos autoimponemos para cumplir con las expectativas sociales.

Sin embargo, los 50 años pueden representar un punto de ruptura con todo eso. Llegar al meridiano de la vida suele desencadenar un tsunami introspectivo. Asumimos que estamos envejeciendo, hacemos balance de lo logrado y nos enfocamos en el futuro con una nueva óptica, mucho más objetiva y pragmática. Intentamos poner cada cosa en su lugar, incluidas las expectativas ajenas.

A esa edad generalmente ya hemos hecho nuestros “deberes”. Hemos alcanzado logros profesionales, formado una familia y contribuido a la comunidad, por lo que podemos “darnos el lujo” de hacer un alto para preguntarnos qué dirección tomaremos en los próximos años.

De hecho, Jung creía que la mediana edad es un período crítico para integrar el “amanecer” y el “ocaso” de la vida. Es una ventana de oportunidad para equilibrar nuestras luces y sombras en un “yo” más seguro de sí que no tiene nada que demostrar al mundo.

Décadas más tarde, investigadores de la Universidad de Brandeis le dieron la razón. Concluyeron que “la mediana edad es un período central y fundamental en el curso de la vida”, una “coyuntura crítica” que permite la convergencia e “integración equilibrada de las fortalezas y debilidades”. Por tanto, a partir de los 50 años se abre una etapa flexible que podemos aprovechar para cambiar la imagen de nosotros mismos y dar una nueva dirección a nuestra vida.

La serenidad que proviene de la experiencia

La vida no es una carrera para llegar a la meta, lo verdaderamente importante ocurre a cada paso del viaje. [Foto: Getty Images]
La vida no es una carrera para llegar a la meta, lo verdaderamente importante ocurre a cada paso del viaje. [Foto: Getty Images]

Los 50 años pueden llegar cargados de experiencia y una mayor madurez, por lo que somos más propensos a asumir la distancia psicológica necesaria de las situaciones para evitar que nos desestabilicen emocionalmente.

De hecho, se ha apreciado que nuestro cerebro responde de manera menos intensa a los eventos negativos a medida que pasan los años. Ese autocontrol emocional nos permite ganar perspectiva, serenidad y confianza. Aprendemos a dar a cada cosa el lugar que merece. Dejamos de enfadarnos, discutir, frustrarnos o preocuparnos por nimiedades.

Todo eso nos permite redescubrirnos, encontrar la fuerza que hay en nuestro interior y reafirmarnos. Así comprendemos que la opinión de los demás no nos define como personas. Nos damos cuenta de que no necesitamos la aprobación ajena porque no estamos en este mundo para impresionar a nadie, sino para desarrollar nuestra mejor versión, con autenticidad.

A medida que acumulamos experiencia vital, también dejamos de sentir esa necesidad imperiosa de “ganar” o “tener la razón”. Dejamos de compararnos con los demás en ese vano intento por parecer superiores y desaparece la necesidad de alardear de nuestros logros.

Nos percatamos de que los “fracasos” forman parte del juego y nos deshacemos del miedo a equivocarnos. Ese descubrimiento no solo es profundamente liberador, sino que también nos anima a emprender nuevos retos sin temor a que los demás nos juzguen o critiquen.

Asimismo, nos damos cuenta de que no necesitamos ser los mejores porque la vida no es una carrera para llegar a la cima antes que nadie - como nos habían hecho creer de niños. Comprendemos que lo verdaderamente importante no ocurre cuando llegamos a la meta sino durante cada paso de ese viaje. A los 50 años finalmente estamos preparados para echar el freno de mano y prestar más atención al aquí y ahora.

La integración de las luces y sombras en un “yo” seguro de sí

Nos debemos honestidad, aprecio, respeto y felicidad. [Foto: Getty Images]
Nos debemos honestidad, aprecio, respeto y felicidad. [Foto: Getty Images]

Sentir que no necesitamos demostrar nada a nadie proviene de un “yo” fuerte que acepta sus luces y sombras con naturalidad. La preocupación por lo que piensan los demás, en cambio, es hija de la inseguridad y el deseo de encajar en unos moldes que solo contemplan valores “positivos”.

Con la madurez nos damos cuenta de que todos tenemos defectos y virtudes. Asumimos que nadie es perfecto y dejamos de perseguir ideales imposibles. Nos miramos al espejo y nos aceptamos tal como somos, sin experimentar la necesidad de ser alguien diferente o de impresionar al mundo.

A partir de los 50 años tenemos la posibilidad de ir despojándonos de todas esas capas que fuimos construyendo para agradar a los demás o satisfacer sus expectativas pero que nos han alejado de nosotros mismos y de la felicidad. Nos empezamos a dar permiso para ser nosotros mismos.

En ese momento, cuando nos reencontramos, nos percatamos de todas las cosas que nos sobraban, los artificios inútiles, el ruido mental ensordecedor y todas esas relaciones tóxicas que nos han limitado. Comprendemos que no tenemos que justificar nuestra existencia ni nuestras decisiones vitales y mucho menos disculparnos por querer ser felices o pensar de manera diferente.

Entonces comenzamos a ser conscientes de que tenemos una gran deuda con nosotros mismos por habernos relegado a un segundo plano durante tanto tiempo: nos debemos honestidad, aprecio, respeto y felicidad.

En el preciso instante en que dejamos de perseguir la aprobación, nos liberamos de la carga de las expectativas ajenas y podemos enfocarnos en lo que realmente nos importa. Aceptamos que es imposible complacer a todos y dejamos de intentarlo.

A fin de cuentas, como escribiera Fritz Perls, “sé quién eres y di lo que sientes, porque aquellos que se molestan no importan y los que importan no se molestarán”. Ese, quizá, es uno de los mayores regalos que llegan con los 50 años. ¡Aprovéchalo!

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