350 años de Pedro el Grande, el adorado referente que Putin quiere copiar

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Uniformados rusos pasean ante un mural de Pedro el Grande, el pasado 27 de mayo, en San Petersburgo. (Photo: OLGA MALTSEVA via Getty Images)
Uniformados rusos pasean ante un mural de Pedro el Grande, el pasado 27 de mayo, en San Petersburgo. (Photo: OLGA MALTSEVA via Getty Images)

Uniformados rusos pasean ante un mural de Pedro el Grande, el pasado 27 de mayo, en San Petersburgo.  (Photo: OLGA MALTSEVA via Getty Images)

Año 1999. El dominical del diario norteamericano The New York Times entrevista por primera vez a Vladimir Putin, aspirante a suceder a Boris Yeltsin en la presidencia de Rusia. Le preguntan que a qué político patrio le gustaría parecerse. Respuesta: “Quiero ser una versión humanitaria de Pedro el Grande, mi Gobierno será el que abrirá el país a la influencia del mundo, una Rusia más dulce y más dinámica que nunca”.

Lo tenía clarísimo, ya entonces. Su referente es un zar convertido en emperador que reinó entre 1682 y 1725 y que logró extender el territorio nacional hasta lo nunca visto y, también, occidentalizar Rusia y convertirla en una potencia moderna. Hoy se cumplen 350 años del nacimiento de Pedro I, o Pedro el Grande, y hay programados fastos de todas las naturalezas imaginables para honrarlo. Hay disparos (de chorros de agua que bailan en las fuentes). Hay fuegos (artificiales). Hay uniformes (los de los desfiles marciales que tomarán las principales ciudades). Disparos, fuegos y uniformes, como en Ucrania, donde Putin están empleando su visión nostálgica de la historia de Rusia, con el Autócrata de Todas las Rusias como ejemplo.

¿Por qué lo admira tanto Putin? Su sentimiento es bastante compartido por el común de los rusos porque convirtió el país en un peso pesado del mundo, fue un reformador que dejó atrás el oscuro medievo y rompió las costuras fronterizas hasta cuajar la Gran Rusia que luego, por otras vías, quiso copiar el comunismo.

“En realidad, todos los mandatarios rusos desde entonces han querido ser como él, lo que pasa es que lograrlo es muy difícil. Putin lo tenía entre sus retos y ahora, aplicando una mentalidad que cae en la brutalidad, trata de emularlo. Es justo el rasgo que era mejor que no copiara”, resume Daniel Meskens, investigador del Instituto de Estudios Rusos de la Universidad de Lovaina. Porque Pedro el Grande era también grande en perversión, en crueldad, en tiranía.

Un zar que no iba para zar y fue el mayor de los zares

Hijo del Zar Alexis y de su segunda esposa, Natalia, Pedro nació en 1672. Tenía por delante a dos hermanos y a una hermana, hijos de la primera esposa de su padre, por lo que mucho tenía que correr la línea sucesoria para tener cargo alguno. Pero corrió. El niño que se criaba en el campo y en los barrios populares de Moscú, sin una educación muy formal y al que fascinaban los trabajos manuales se vio de pronto envuelto en una crisis dinástica formidable: en 1682 murió su hermanastro, Fiódor III, pero no tenía descendencia. Iván l seguía en la carrera al trono, pero era un crío discapacitado mental y físicamente, por lo que los nobles y la Iglesia Ortodoxa escogieron a Pedro, saltándose además a la mujer de la familia, la zarina Sofía.

La joven, viéndose desplazada, se ganó la confianza de los cuerpos policiales y dio un golpe de mano, proclamándose regente de una monarquía doble formada por Pedro e Iván. Dos menores sentados en un trono que tenía la espalda hueca para que ella se pusiera a escuchar todos los asuntos de estado. A los 17 años, después de años de sentirse desplazado y ver cómo sus allegados y colaboradores desaparecían con violencia, Pedro peleó por la corona. Iván no era un obstáculo, pero sí Sofía, así que cortó la cabeza a los partidarios de su hermana (a algunos, personalmente) y a ella la mandó a un convento, donde la neutralizó. A su madre la puso de regente.

Pedro I el Grande, en la Galería Tretyakov de Moscú. (Photo: Heritage Images via Getty Images)
Pedro I el Grande, en la Galería Tretyakov de Moscú. (Photo: Heritage Images via Getty Images)

Pedro I el Grande, en la Galería Tretyakov de Moscú. (Photo: Heritage Images via Getty Images)

Desde 1691 reinó plenamente, sin muletas, y tomó sus primeras decisiones de peso: un matrimonio con Eudoxia Lopujiná, la última zarina de origen ruso con la que tuvo una unión desgraciada y tres hijos de los que sólo uno les sobrevivió; y una apuesta de gestión: hacer a Rusia más grande y buscarle oxígeno por el mar, a ser posible templado, cuando entonces sólo tenía una salida en el Mar Blanco.

Primero tenía que aprender. Sabía de sus carencias y quería conocer cómo se hacían las cosas fuera, de donde venían esos extranjeros que tanto le admiraba ver en los barrios moscovitas más comerciales. Pedro I viajó de incógnito a Europa en 1696 en la llamada Gran Embajada, una delegación rusa de 300 personas cuyo propósito era encontrar aliados europeos contra el Imperio Otomano, y que le llevó a Austria, Francia o Alemania.

Aprovechó para aprender los idiomas locales, para visitar bibliotecas y laboratorios, escuchar conferencias, estudiar la artillería de los prusianos y el poder naval de Reino Unido y Holanda. Hasta estuvo trabajando en los astilleros de este último país para saber de primera mano cómo se hace un barco de vanguardia, como los que él quería en los mares por dominar.

La aventura se le acabó cuando tuvo que regresar por revueltas internas de la Guardia Streltsi, la que tanto había defendido a su medio hermana Sofía, que reclamaba mejoras laborales. Pedro movilizó al ejército, que ya estaba cuajando, y acabó la insurrección con más de mil ajusticiados y 700 detenidos. Fue la primera de las revueltas que, bajo su mando, se cometieron contra opositores, siempre con mano dura.

Ya que estaba en casa, tocaba ir a por sus metas de grandeza. Quería, sobre todas las cosas, salidas al Mar Negro, lo que le llevaba a chocar con el Imperio Otomano, y al Báltico, por aquel entonces dominado por Suecia. Sin modernizar sus tropas y sin una Armada -inexistente hasta entonces- sería imposible, así que se puso manos a la obra en ello, movilizando un dinero nunca visto e incomodándose con los que querían mantener una política más conservadora. Le ayudaron los cientos de fundidores, científicos y artesanos que se trajo de su periplo europeo, que aplicaron estándares nuevos en su ejército y nueva tecnología en su armamento, que le ayudaron a parir la Armada.

El historiador Simon Sebag Montefiore, autor del superventas Los Romanovs, detalla sus primeros fracasos y su implicación personal en las primeras batallas. Primero abordó la guerra ruso-turca, que estaba en vigor desde 1686, con campañas exitosas sobre Crimea (hoy Ucrania, aunque anexionada por Putin, más paralelismos) y Azov, donde se creó una poderosa base rusa que hoy es un referente militar y en cuya pelea batalló el zar. Tanto Azov como la fortaleza de Taganrog acabaron en manos rusas en la paz de 1700. Ganaba así Rusia una doble salida al mar.

En el flanco sueco, declaró la guerra y fue enlazando una larga serie de conflictos que se denominó “La gran guerra del Norte” (de 1700 a 1721) que terminó con la derrota de su oponente y el alzamiento de Rusia como potencia de primer orden en el continente. Logró acceso al mar Báltico y, con ello, aprovechó todas las posibilidades comerciales en la región, dándole la vuelta al mapa.

Destaca en esta contienda la decisiva batalla de Poltava -si es que todo lleva a Ucrania-, donde 20.000 suecos comandados por su rey, Carlos XII, fueron derrotados por más del doble de rusos, también encabezados por su soberano. Poltova marcó el declive definitivo de Suecia en su área de influencia y el ascenso ruso. La nueva situación de poder llevó al zar a dar pasos imposibles hasta entonces, como un acuerdo: con Polonia para controlar Kiev -la actual capital ucraniana- o la expulsión de los tártaros.

Vladimir Putin mira y remira la corona de Pedro el Grande expuesta en los Museos del Kremlin, en su 200º aniversario, en 2006. (Photo: YURI KADOBNOV via Getty Images)
Vladimir Putin mira y remira la corona de Pedro el Grande expuesta en los Museos del Kremlin, en su 200º aniversario, en 2006. (Photo: YURI KADOBNOV via Getty Images)

Vladimir Putin mira y remira la corona de Pedro el Grande expuesta en los Museos del Kremlin, en su 200º aniversario, en 2006. (Photo: YURI KADOBNOV via Getty Images)

En 1721 fue proclamado Padre de la Patria y Emperador de todas las Rusias. Y así comenzó su otra faceta esencial, la de los cambios internos, rupturistas y modernizadores, por los que los historiadores acaban absolviéndolo de sus pecados sanguinarios. A saber: cambió el calendario para adaptarse a Occidente; obligó a las clases altas a vestir a la europea, con multas para quien no se afeitara bigote y barba, incluso; liberó a las mujeres de la obligatoriedad de ocultar su rostro y les permitió tener un papel más activo en la vida social; creó los primeros institutos superiores, las primeras academias de ciencias y de arte (sobre todo centradas en San Petersburgo, la ciudad que él mismo fundó, mirando al oeste y bautizada con su nombre; no hay más que pasear por las salas del Hermitage y ver lo que ), y pagó viajes a jóvenes nobles para que aprendieran fuera y así hacer cuajar un equipo de asesores potente, entre otras cosas.

También de metió con lo intocable: la Iglesia y las clases. Decidió que el zar debería ser quien mandase, por lo que reemplazó al líder tradicional ortodoxo por un consejo de diez clérigos nombrados a su antojo. En el plano social, estableció una tabla de rangos para situar a cada persona según “sus méritos y servicios al Imperio”, no su cuna, su herencia y su procedencia. Los tradicionalistas, empezando por su mujer, se le echaron encima, acusándolo de acabar con las tradiciones rusas en lo social, lo cultural y lo espiritual, pero no dio marcha atrás.

Añadiendo impuestos para sus planes y levantando palacios estaba cuando le sobrevino la muerte, apenas tres años después de estrenar el título de emperador. Una infección de vejiga se lo llevó por delante, aunque sus palmeros dijeron que había empeorado, en realidad, tras tirarse a unas aguas heladas para salvar a un soldado. Una versión que no corroboraron ni la autopsia ni los cronistas de la época. Su cuerpo, esa mole de dos metros con cabeza y manos diminutas, coronada de pelo negro y mechón rojo, descansa en la catedral de Pedro y Pablo, en su ciudad.

El eco en Putin

Este zar despótico y brutal, alcohólico y excesivo, sirve de ejemplo a Putin, que llena despachos y pasillos con sus cuadros y estatuas. Quiere regresar a las fronteras de los Romanov, esas que crecían 142 kilómetros cuadrados al día, dice Montefiore. No le importa repetir sus métodos bárbaros. Otra cosa es su aperturismo. 

“Putin siempre ha dicho que la causa de Pedro el Grande sigue viva y le inspira. Es una manera de hablar propia de la narrativa nacionalista, romántica, que no es nueva. El expansionismo es determinante en la identidad nacional rusa y se acentúa en su líder. Putin, como el zar, entiende que crecer no sólo es poder, sino seguridad para un país que ahora no tiene fronteras naturales y cuyas salidas al mar, tan complejas de lograr, deben ser protegidas”, señala Daniel Meskens.

El proceso, afirma, ha sido claro: en el siglo XVIII se consolidó la unificación del territorio ruso y los sistemas que se fueron relevando, desde el zarismo al capitalismo actual, pasando por el comunismo, han entendido que siguen y deben seguir siendo un imperio, que necesita una zona de contención ante hipotéticos ataques. Putin habla del supuesto nazismo de Kiev y de un ataque preventivo para que no golpeasen el Donbás. Es su relato, y no es nuevo”, ahonda.

Putin busca “un cinturón de seguridad” en el que ejercer su influencia, de ahí el miedo a ataques en el llamado entorno postsoviético, para que nadie se inmiscuya en los asuntos de la Nueva Gran Rusia. Ucrania se estaba acercando demasiado a la OTAN, a juicio del Kremlin, y eso es para ellos amenaza suficiente como para actuar”, añade. Stalin, apunta, actuaba de manera similar, jugando al “precrimen”. De fondo, más allá de la estabilidad nacional, está “el anhelo de tiempos zaristas”. ¿Pero querrá Putin llegar al Danubio, a las puertas de Europa? ”¿Quién dice que no lo está ya, instalado en Crimea y el Donbás y yendo a por Transnistria [Moldavia])”, responde.

En su revisión histórica, indica el experto, el putinismo eligió criticar o ignorar todo aquello que tenga que ver con la expansión de libertades y derechos, y en cambio se centra en el “orden”. Es en ese punto en el que difiere de Pedro el Grande. No hay ansia de occidentalizar ni de modernizar, sino de conservar. Aún así, en estos días de aniversario, el Kremlin dijo el jueves pasado que Rusia no tiene previsto cerrar “la ventana” a Europa que el zar abrió hace 300 años, a pesar de que Occidente ha impuesto las sanciones más duras de la historia por la invasión de Ucrania. Dmitri Peskov, el portavoz de Putin, fue el encargado de remarcarlo. Putin es un “profundo conocedor de la historia” y es muy consciente del legado de Pedro, dijo Peskov. “Si hablamos específicamente de Pedro el Grande, Putin aprecia mucho el papel de este individuo en particular en la historia de nuestro país”, abundó. Palabras que, hoy, quedan desdichas por los hechos del presidente ruso.

Putin se está quedando con el afán expansionista y la tiranía. Nada más. el historiador petersburgués Pierre Kovalevsky reflexionaba sobre su modelo, el zar de zares, pero el eco llega hasta hoy: “Podríamos entusiasmarnos por siempre con las acciones de Pedro y ni aún así esbozar su plenitud, brillantez y valor de todo lo que consiguió. Pero al crear, destruyó. Causó dolor a todos con los que entró en contacto. Destruyó la seguridad, paz, prosperidad, intereses, fuerza, bienestar, derechos y dignidad de todo aquel que tocó. Hizo cosas desagradables a todo el mundo. Dañó a todos. Tocó los intereses intelectuales, políticos, sociales, financieros, familiares, morales y espirituales. ¿Es posible amar a un político así? De ninguna manera. Esos hombres son odiados”.

Que tome nota Putin.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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