2021: el año en el que la salud mental se volvió ‘mainstream’

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(Photo: We Are via Getty Images)
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“Es hora de que la fragilidad salga al escenario”. Esta frase, extraída del libro Fármaco, de Almudena Sánchez, resume muy bien el sentir de esta época. Tanto, que fue una de las citas pronunciadas por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, cuando el pasado mes de octubre presentó el Plan de Acción 2021-2024 Salud Mental Covid-19. Ese día, Sánchez también dio las gracias a las “influyentes” personas que crean “programas de alto impacto como Deforme Semanal, ¿Puedo hablar! o Entiende tu mente” por visibilizar los problemas de salud mental. Un presidente en un acto institucional citando como referentes en salud mental podcast que nacieron como underground. Ni las creadoras de esos programas daban crédito.

El año en el que la dureza de las primeras olas de la pandemia ha dado paso a la resaca de la salud mental, la ansiedad y la depresión han salido a la palestra. El problema ya estaba ahí, pero ahora se ve más. Los encierros, los duelos, el miedo al virus, la pérdida de trabajo, la precariedad, la falta de horizonte y la soledad pesan demasiado sobre una sociedad que, hasta hace poco, había dado la espalda a la salud mental, y ahora la abraza, aún tímidamente, acuciada por las cifras y por el hecho de que la cultura pop ha entendido el problema y no lo ha dejado pasar.

Una de cada diez personas en España consume tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir; más del 5% de la población ha tenido que tomar antidepresivos o estimulantes; uno de cada tres españoles ha llorado por la pandemia; por cada joven menor de 30 años que ha muerto de covid, cuatro se han suicidado.

El covid ha sido el “detonante” de otra “epidemia”

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud mental es una parte integral de la salud, es más que la ausencia de enfermedad y está íntimamente relacionada con la salud física y la conducta. Esta definición y los datos oficiales llevan a Guillermo Fouce, presidente de Psicología sin fronteras y profesor de Psicología Social en la Universidad Complutense de Madrid, a afirmar que los problemas de salud mental son una “epidemia” en España, y que la pandemia de covid ha sido el “detonante” que ha puesto de relieve todos los “déficits” que venían arrastrándose desde hace tiempo.

Según la OMS, la pobreza, la inseguridad, la desesperanza, el rápido cambio social, los riesgos de violencia y los problemas de salud física son factores que influyen en la falta de salud mental. Ser mujer también es un factor de riesgo, de acuerdo con los últimos datos de Sanidad en España, que indican que por cada hombre con ansiedad o depresión (el 4% en el país), hay dos mujeres que la sufren (más de 9%).

El covid ha revelado de la forma más cruel el colapso sanitario y los límites del sistema para atender problemas que se han considerado menos urgentes. Al mismo tiempo, ha desatado problemas de pánico y ansiedad en personas que nunca lo habían sentido, o los ha acentuado, y el resto de la sociedad –en su mayoría– ha tenido que aprender a no mirar para otro lado.

La pandemia nos ha hecho ver que, cuantas más circunstancias negativas te afecten, más problemas de salud mental surgiránFátima Masoud, activista del colectivo Orgullo Loco Madrid

Para Fátima Masoud, activista del colectivo Orgullo Loco Madrid, existen “varias lecturas” sobre el covid y la salud mental. “Por un lado, la pandemia ha provocado más problemas de salud mental en la gente, que se ha visto encerrada en casa, enfrentándose a la soledad y a una crisis económica que trae más problemas. Por otro lado, ha aumentado la concienciación sobre la salud mental y nos ha hecho ver que, cuantas más circunstancias negativas te afecten, más problemas de salud mental surgirán”, explica.

“Se ha normalizado hablar de salud mental por necesidad”

Guillermo Fouce admite que en España, en el último año, “se ha normalizado hablar sobre salud mental”, en parte “por la propia necesidad”. “Hay un clima de reconocimiento, porque hay mucha gente afectada después de todo lo que se ha vivido y pasado, y porque personas relevantes, conocidas, han salido también, sin miedo, a decir que tenían problemas de salud mental”, señala el psicólogo, que cita los casos de la atleta Simone Biles o el presentador Ángel Martín, que ha publicado el libro Por si las voces vuelven, en el que narra su brote psicótico.

Fouce ve “positiva” esta apertura. “Ya incluso utilizamos la metáfora de salir del armario cuando alguien cuenta públicamente que va al psicólogo”, comenta. Pero “no es una moda”, matiza. “Aparte de que la gente ‘salga del armario’ y se normalice hablar de esto, es necesario atenderlo lo antes posible”, recalca el psicólogo. El problema de salud pública es real: “Hay más muertes por suicidio que por accidente de tráfico”, señala. En 2020, el suicidio volvió a ser la primera causa de muerte externa, con 3.941 fallecimientos, un 7,4% más que en 2019, mientras que 1.463 personas murieron por accidente de tráfico, un 20,6% menos que el año anterior, en parte gracias al confinamiento.

No sabía qué me estaba pasando, me dolía el almaMario, 27 años

A sus 27 años, Mario se ha estrenado este año yendo al psicólogo. Casi ocho meses después de su primera consulta, el joven no sabe determinar bien qué lo llevó hasta ahí, pero da varias pistas. A finales de 2020, los dos únicos abuelos que le quedaban murieron de forma repentina por covid con dos semanas de diferencia. En ese momento, Mario también dejó de trabajar en un sitio que le llenaba, pero la vida siguió y el chico fue tapando su pena.

“Al tiempo, me di cuenta de que algo no estaba bien”, relata. “Cualquier tontería me ponía triste, me angustiaba cuando me contaban cualquier chorrada, me veía con mucha ansiedad, me agobiaban mucho las noticias políticas”, describe Mario. Un día, estando solo en su oficina, “sentí que empezaba a ahogarme de la ansiedad”. “No sabía ni qué me estaba pasando, no sé cómo describirlo, me dolía el alma”, dice. Cuando se tranquilizó, decidió que era el momento de llamar a un psicólogo. Buscó en Google “psicólogos” alrededor de su zona. Y dio con uno enfrente de su piso, en Madrid.

70 euros por sesión, 200 al mes

Desde entonces Mario va una vez a la semana al psicólogo, en sesiones de 50 minutos, por las que paga mensualmente 200 euros –sin ese precio cerrado, pagaría 70 euros por cada sesión–. “Es un dinero que, gracias a la vida, me puedo pagar. Pero tengo amigas que no van al psicólogo porque, directamente, no se lo pueden permitir”, dice. Mario descartó desde el principio recurrir a la sanidad pública por las experiencias “nefastas” que le habían contado en su entorno sobre esperas eternas entre sesión y sesión.

El tratamiento actual de la salud mental en la sanidad pública es “claramente inadecuado e insuficiente”, afirma Guillermo Fouce. “Un médico de atención primaria tiene que diagnosticar algo tan complejo como un problema de salud mental en una cita de cinco o diez minutos, a veces de forma telefónica”, describe el psicólogo. “Muchas veces, lo que le toca hacer es taponar posibles problemas con medicación, o incluso el paciente acude directamente a solicitarle esa medicación porque no puede dormir”, apunta. Más allá de recetar a esa persona pastillas para dormir, habría que ir a la raíz de ese problema, al porqué de ese insomnio, indica Fouce. Pero los servicios sanitarios están saturados, falta tiempo, falta personal, faltan recursos. Y es la pescadilla que se muerde la cola.

La medicación debería ser lo último. En cambio, en España es lo primero que se utilizaGuillermo Fouce, presidente de Psicología sin fronteras

“La medicación debería ser lo último, cuando ya tienes un diagnóstico y has intentado otras cosas que no han funcionado. En cambio, en España es lo primero que se utiliza, porque no tenemos otros recursos”, sostiene Fouce. “Está muy bien que los jóvenes no tengan reparo en ir al psicólogo. Pero al final van quienes se lo pueden permitir. Y a la pública sólo llegan quienes tienen un trastorno mental muy grave”, lamenta el presidente de Psicología sin fronteras.

La “primera vez” de Raquel

A Raquel le suena esta historia. La primera vez que fue al médico de cabecera contándole que le faltaba la respiración y que sentía que no podía llenar los pulmones, este le dijo que era “un cuadro de ansiedad” y le recetó ansiolíticos. Ocurrió hace seis años y, en ese momento, la chica “no sabía qué era eso” pero se negó a comprarlos. “Me dio la sensación de que el médico no iba a estar pendiente de esa medicación ni de mi evolución”, cuenta Raquel, de 29 años.

A partir de ahí, empezó terapia con una psicóloga que le recomendó una amiga. “Tenía un estado de ánimo muy cambiante, estaba muy triste. Me había obsesionado con el rendimiento académico para conseguir un contrato predoctoral y eso hizo que descuidara mucho toda la parte social de mi vida. Me obsesioné. Cuando necesitaba descansar, pensaba: ‘Mientras yo descanso, otra gente estudia’. Cuando estaba comiendo, pensaba: ‘Mientras yo como, otra gente estudia’. Entré en una espiral que me pasó factura. Esa fue mi primera vez”, relata la joven.

Psicoterapia 'online'.  (Photo: Luis Alvarez via Getty Images)
Psicoterapia 'online'. (Photo: Luis Alvarez via Getty Images)

Tras meses de altibajos e intermitencias, una depresión diagnosticada, una ruptura de una relación “bastante tóxica”, un Trabajo de Fin de Máster traumático y una mudanza a otra ciudad, Raquel cambió de psicóloga y empezó terapia online en 2018, cuando todavía “no estaba de moda”.

Aunque ella ya no es nueva en esto, Raquel siente que “ha habido un boom de gente que, por la pandemia, ha necesitado ir a terapia”. “Al visibilizarse más, al haber más gente en el entorno que diga abiertamente que está yendo a terapia, la sociedad cada vez lo va asumiendo con más naturalidad”, sostiene.

Cuando estaba muy mal, tuve mucha presión por parte de mi madre para que me curara, y eso genera mucha frustración. No quieres que tu madre sufra por tu culpa. Hay estigmaRaquel, 29 años

A la joven “nunca” le ha dado vergüenza comentar “entre amigos o gente de [su] generación” que va al psicólogo. Con personas mayores sí siente “reparo”. “Cuando estaba muy mal, tuve mucha presión por parte de mi madre para que me curara, y eso genera mucha frustración”, explica. “Cuando alguien está deprimido, también quiere hacer cosas, quiere salir de la cama y dejar de estar deprimido, pero no puede. Si encima tienes ahí a tu madre, y tú ves que sufre, es complicado reconocer que sigues teniendo un problema. Por un lado, la presión que te ponen no te hace bien; por otro lado, el sufrimiento que ves en ellos también te duele. No quieres que tu madre sufra por tu culpa. No es tanto vergüenza, pero sí hay estigma”, describe.

Tampoco comentaría que va al psicólogo, “por ejemplo, en el trabajo”, admite Raquel. Mario tampoco se lo ha contado, “por ejemplo”, a sus padres. “Sé que siguen teniendo esa imagen de que quien va al psicólogo es porque está fatal. Mi madre se alarmaría mucho, y no me dejaría en paz”, dice el chico.

Es “como salir del armario”

Con sus amigos y amigas, Mario siente que contar que va a terapia es “como salir del armario”. “Me cuesta decirlo de la nada, pero si sale el tema en la conversación, lo intento decir con naturalidad”, señala. Alguna vez “la gente se ha quedado sorprendida”, pero no ha habido malos gestos, asegura.

En el tema de la salud mental sigue habiendo un cierto choque generacional entre boomers –aquellos que se creen capaces de superar cualquier dificultad por sí solos– y millennials –considerados desde fuera como blandengues y llorones, pero también vistos desde dentro como dispuestos a ir a terapia para resolver un trauma heredado–. “No creo que necesariamente los millennials seamos más blandos, sino que estamos más abiertos a trabajarnos emocionalmente que los boomers”, opina Raquel.

La generación de quienes tenemos 50 años no ha vivido ningún cataclismo, y creo que vivía de espaldas a la vulnerabilidad de los seres humanosAlberto del Campo, antropólogo

“La generación de quienes tenemos 50 años no ha vivido ningún cataclismo, y creo que vivía de espaldas a la vulnerabilidad de los seres humanos”, explica Alberto del Campo, profesor de Antropología Social en la Universidad Pablo de Olavide y autor de La vida cotidiana en tiempos de la covid.

Ahora quizás esa brecha empieza a cubrirse. Ante el caso de una persona con ansiedad, posiblemente hace un tiempo la reacción general habría sido verla “como alguien débil o majara”, o decir “joé, la gente con la depresión, esto es una moda, lo que hay que hacer es trabajar y tirar p’alante”, cita Alberto del Campo. Ahora, en cambio, “somos mucho más prudentes con este tipo de discursos, porque somos conscientes de que a nosotros también nos pueden afectar las cosas, también nos hemos sentido agobiados por la pandemia, también hemos tenido estrés y hemos dormido mal”, abunda el antropólogo. “El covid nos ha hecho parar, y ahora somos más proclives a mirarnos y a mirar cómo nos sentimos”, añade.

(Photo: EMS-FORSTER-PRODUCTIONS via Getty Images)
(Photo: EMS-FORSTER-PRODUCTIONS via Getty Images)

El hecho de haberlo pasado mal “en nuestras propias carnes” ha abierto la vía “a una mayor comprensión”, afirma Del Campo. Aun así, el antropólogo reconoce un problema mayor, en el que coinciden todos las personas consultadas para este reportaje: “La gente está acudiendo a psicofármacos, directamente. Tenemos una sociedad hipermedicalizada”.

España, a la cabeza en consumo de antidepresivos y ansiolíticos

Ya antes de la pandemia, España estaba entre los países que más ansiolíticos y antidepresivos consumía. Según un informe de 2019 de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), España es el primer país del mundo en consumo lícito de benzodiacepinas, medicamentos recetados para ansiedad, insomnio o trastornos emocionales. En cuanto al consumo de antidepresivos, en la Unión Europea sólo Portugal y Suecia superan a España, con más de 80 dosis diarias por cada mil habitantes, según los datos de la OCDE que recoge Civio. Este dato, de 2018, es 20 puntos superior al de 2010.

“Vivimos en un modelo biomédico que no deja de medicalizar lo que sucede en nuestra vida”, critica Fátima Masoud, de Orgullo Loco Madrid. “Creemos que para un problema de soledad no se deberían dar pastillas, sino que a lo mejor necesitamos generar redes”, lanza la activista.

Guillermo Fouce, presidente de Psicología sin fronteras, está de acuerdo con ella. “El problema de salud mental se soluciona con intervención terapéutica e intervención social”, y no sólo, o no siempre, con medicación, sostiene el psicólogo. “Se están parcheando problemas sin ir a la raíz, y eso a su vez genera problemas a medio y largo plazo”, apunta.

El problema de salud mental se soluciona con intervención terapéutica e intervención socialGuillermo Fouce

Menos medicación y más terapia, sería el lema. “Hay que hacer prevención y promoción, y generar espacios donde la persona pueda elaborar lo que le ocurre, con tratamientos de psicoterapia, que sabemos que es lo más eficaz”, afirma Fouce. El psicólogo considera que “faltan espacios grupales de expresión emocional”. “Cuando pasas por situaciones de vulnerabilidad, por un duelo, por una UCI, por un covid, cuando te divorcias, cuando tienes un accidente, cuando pierdes el empleo… Si se acompañasen esos procesos de manera grupal, posiblemente las repercusiones posteriores serían mucho menores”, defiende.

Fátima Masoud incide en esa crítica. Está cansada de oír que “faltan psicólogos y psiquiatras en España”, cuando a veces “el problema es la sociedad y el sistema en el que vivimos”, dice. La precariedad, los sesgos de género y raza, el odio, la soledad, el individualismo, cita Masoud. “El aislamiento es quizás el principal factor que predice un diagnóstico”, coincide Guillermo Fouce, que entiende que la fragilidad afecte especialmente a los jóvenes por su “falta de posibilidades de desarrollo y de emancipación”.

El rayo de luz: al menos se habla de ello

“Lo único que está mejorando es que cada vez se habla más, incluso desde los partidos políticos”, concede Masoud. “Pero esto acaba de empezar, y ha sido sobre todo gracias a la pandemia”, aclara.

Tanto Mario como Raquel citan también el giro en el “discurso político” como un cambio positivo en el abordaje de la salud mental. “Una cosa que echaba bastante en falta era que los políticos hablaran de eso; ahora, por fin, en los últimos meses parece que esa posibilidad se ha abierto”, celebra Raquel. Ahora no es raro que los diputados reivindiquen en el Congreso más atención a la salud mental –aunque otros los abucheen y luego acaben abochornados por ello– o que el presidente del Gobierno invite a referentes juveniles para presentar la actualización del Plan de Acción sobre salud mental. En este sentido, el Gobierno aprobó el pasado 2 de diciembre una Estrategia de Salud Mental dotada con más de 675 millones de euros procedentes de los fondos de recuperación de la UE, que estará vigente entre 2022 y 2026.

El discurso político ha conseguido normalizar la salud mentalMario

Mario, que hasta este año no había sentido la necesidad de pedir ayuda profesional, cree que le “ayudó mucho” ver que “la gente iba al psicólogo y no pasaba nada”, pero también “el discurso político”. “Han conseguido normalizar la salud mental”, dice.

Guillermo Fouce confía en que este “boom” aparente por la salud mental no dé lugar a una banalización de los problemas mentales, o a una mayor sobremedicación, sino que se aproveche “para mejorar el sistema y hacer planes de contingencia y de respuesta” a los problemas de salud mental en general, pero también “al suicidio” y “a la soledad no deseada”, en un país en el que cinco millones de personas viven solas, de las cuales casi la mitad son mayores de 65 años. “Como ocurre con cualquier otra enfermedad, si los problemas de salud mental no se atienden, se agravan”, advierte Fouce.

Cuando se le pregunta a Raquel qué le han aportado estos años de terapia, tarda un rato en contestar. “Por una parte, autoconocimiento, comprensión conmigo misma y mis propias necesidades”, responde, después de pensar un rato. “Uno de los pensamientos más poderosos que me ha dado la terapia y que me ha ayudado, básicamente, a seguir viva, es la sensación de que ningún sentimiento es final, de que ninguna emoción es perpetua”, dice la joven. “Creo que es lo más útil. Cuando estás hundida, has perdido las metas, no encuentras sentido a salir de la cama o a vivir, es poderosísimo saber que eso no es para siempre, que no importa cuántos días estés así, porque va a llegar uno en el que no necesariamente vas a seguir igual, y vas a querer salir, ver la luz, pisar las hojas y ver a tus amigas”.

Las personas con riesgo de conducta suicida y sus allegados pueden recibir ayuda las 24 horas llamando al número de teléfono 024 –gratuito y confidencial–, al Teléfono de prevención del suicidio (900 92 55 55), al 112 o al Teléfono de la Esperanza (717 00 37 17). Aquí puedes encontrar más información sobre asociaciones y aplicaciones para la prevención del suicidio.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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