2021 o el año que tampoco pusimos freno a la emergencia climática

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Pancarta en una manifestación por el clima. (Photo: EFE)
Pancarta en una manifestación por el clima. (Photo: EFE)

2021 tampoco pasará a la historia como el año en el que empezamos a revertir los efectos del cambio climático. Volverá a colarse entre los diez más cálidos desde que hay registros y marcará un nuevo récord en las concentraciones de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera. Sí será recordado, al contrario, como ese en el que el mayor panel de expertos en la materia corroboró, más tajante que nunca, los cambios irreversibles que ya sufre el planeta, como consecuencia de la actividad humana.

Ni siquiera la ralentización económica causada por la pandemia de coronavirus, que provocó una disminución temporal y localizada de las emisiones, ha conseguido tener “un efecto evidente en los niveles atmosféricos de los gases de efecto invernadero ni en sus tasas de aumento”, lamenta la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

La temperatura ya ha subido aproximadamente 1,1 °C desde la época preindustrial (1850-1900), según apunta el IPCC, y no se espera que la tendencia vaya a revertirse en los próximos 20 años. “Rebasar el límite del 1,5ºC impulsará al planeta a un territorio desconocido, con repercusiones de gran alcance para las generaciones actuales y futuras”, añade la OMM.

Cambios sin precedentes en milenios

“El balance que hace el organismo es muy significativo en los elementos clave”, comenta a El HuffPost José Luis García Ortega, responsable del Programa de Cambio Climático en Greenpeace España. “Por un lado vemos cambios sin precedentes en siglos y milenios en el clima, que la reducción de las emisiones durante la pandemia fue un espejismo, que hemos vuelto a las andadas y seguimos batiendo récords”, resume.

“Como consecuencia, los fenómenos que aparecen son cada vez más extremos. Pero, si en algo hemos avanzado, es precisamente en esa atribución”, explica, “ahora sí que se puede afirmar e identificar más claramente que las sequías, los incendios o las inundaciones son consecuencia del cambio climático”, sentencia.

Llevamos 10 años de retraso acumulados respecto a las legislaciones climáticas del resto de países

El último Boletín de la organización sobre los GEI es rotundo: el dióxido de carbono (CO2) alcanzó en 2020 las 413,2 partes por millón (ppm), un 48,63% más respecto a los niveles preindustriales; las concentraciones de metano (CH4) aumentaron hasta las 1.889 partes por mil millones (ppb), una subida del 161,63%; mientras que las de óxido nitroso (N2O) fueron de 333,2 partes, lo que supone un 23% por encima de los niveles de 1750, el año escogido por el organismo para representar el momento en el que la actividad humana empezó desequilibrar el orden natural —un nivel ‘óptimo’ para limitar el calentamiento global está en torno a 350 ppm—. Ante estos datos, la OMM advierte, además, sobre la posibilidad de que océanos y ecosistemas terrestres pierdan su eficacia como “sumideros”, y ello merme su capacidad para absorber CO2 y seguir ejerciendo de reguladores que eviten aumentos de la temperatura aún mayores.

Uno de los puntos más alarmantes del informe es el que señala directamente a la Amazonía, considerada tradicionalmente como uno de los grandes pulmones del planeta. La jefa de investigación atmosférica y medioambiental de la OMM, Oksana Tarasova, muestra preocupación especialmente por el área este, afectada por los incendios, pero sobre todo por la deforestación. “Las sequías forestales podrían reducir la absorción de CO2 en la corteza terrestre, y lo mismo puede ocurrir en las aguas marinas a causa del freno de la circulación oceánica que podría conllevar el deshielo en los polos”, subraya el texto.

¿Hacia dónde vamos?

“La pandemia nos ha hecho darnos cuenta la importancia de prever los peores efectos y poner la ciencia por delante, y aquí el cambio climático es una lucha que se deberá fortalecer”, sostiene Javier Andaluz, responsable de este asunto en Ecologistas en Acción.

Tanto él como García valoran la aprobación de la primera Ley de Cambio Climático en España el pasado mayo, pero no dudan al calificarla de “insuficiente”. “Está muy lejos de lo indicado por los expertos”, resalta Andaluz. “Da forma a estos más de 10 años de retraso que llevábamos acumulando respecto a las legislaciones climáticas del resto de países”, añade.

Reducir las emisiones al menos un 23% (...) por más que lo intenten maquillar, se queda muy corto frente al 55% acordado por el conjunto de la UE

“Falta muchísimo”, coincide García. “Se están haciendo cosas, no lo podemos negar, pero el propósito, por ejemplo, de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero al menos un 23% respecto a los niveles de 1990, por más que lo intenten maquillar se queda muy corto frente al 55% acordado por el conjunto de la UE”, agrega.

Otro de los grandes hitos del año para el astrofísico ha sido el Juicio por el Clima iniciado contra el Gobierno, el cual denuncia la ineficacia del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) —hoja de ruta del Ejecutivo en materia de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero y de lucha contra la emergencia climática de cara a 2030—.

“Dicho esto, todavía, y por desgracia, estamos rodeados de muy malas noticias”, destaca Andaluz. “Por un lado, observamos una transición energética que no es suficiente, vemos que la implantación de renovables no se está haciendo de la mejor forma posible y que se vuelve a primar a un sector del oligopolio frente a una alternativa mas descentralizada y democratizada”, expone. “Por otro, por ejemplo, los indicadores de movilidad con vehículos no dejan de crecer y hay una falta de planificación total”, añade.

Una COP que repite patrones...

Fuera de nuestras fronteras, los esfuerzos de la comunidad internacional tampoco cumplen con las llamadas desesperadas de los científicos reclamando soluciones urgentes. “La última Cumbre del Clima en Glasgow (COP26) vuelve a dejar de lado los objetivos firmes y necesarios para limitar el aumento de la temperatura”, señala el responsable de Ecologistas. “Los compromisos alcanzados muestran su incompatibilidad. Solo hemos escuchado grandes discursos de líderes políticos con escasa credibilidad y observado cómo, de nuevo, los países del norte global vuelven a desoír las llamadas de los pequeños estados insulares y de las poblaciones más vulnerables a los efectos del cambio climático”, insiste.

Para Emilio Santiago Muíño, antropólogo climático del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) el resultado sería decepcionante “si cupiera esperar mucho de estas cumbres, pero, por desgracia, el patrón histórico de las COP es que siempre se dan pasos muy pequeños y lentos, que no están a la altura de una situación cada vez más grave”.

... ante una marea climática cada vez mayor

Como elemento esperanzador, frente a la inacción de los líderes mundiales, las reivindicaciones de la sociedad civil vuelven a hacerse visibles en las calles tras el frenazo provocado por la pandemia, y Glasgow ha dado buena muestra de ello.

“La única razón por la que conseguimos que se den pasos es porque los jóvenes, los líderes indígenas, los activistas y los países en primera línea de los impactos climáticos han forzado concesiones a regañadientes”, señala Jennifer Morgan, directora ejecutiva de Greenpeace Internacional. “Sin ellos, estas conversaciones sobre el clima habrían fracasado por completo. Vemos cómo se va desmoronando a nuestro alrededor cada día, en los incendios forestales, los huracanes, las sequías y el deshielo. Se acabó el tiempo, se nos ha acabado el camino, y como cuestión de auto-supervivencia tenemos que movilizarnos urgentemente para crear una presión incontenible”, añade.

En este sentido, una de las medidas prioritarias anunciadas por el Gobierno cuando aprobó su declaración de emergencia fue la creación de una Asamblea Ciudadana para el Clima. Con 20 meses de retraso ya está en marcha, si bien, pese a que el objetivo inicial de la misma pasa por reforzar las vías de diálogo y participación ciudadana en el proceso de toma de decisiones en materia de cambio climático, el modelo no convence.

Aunque reconocen la iniciativa, numerosos activistas denuncian un planteamiento que, consideran, “reproduce la estructura social del Estado” al limitar la elección de sus participantes —por sorteo— solo a quienes se apuntaron en una lista “que se nutre utilizando como señuelo una compensación económica de varios cientos de euros”. Los encuentros, además, serán virtuales y no presenciales, lo que también impedirá el carácter espontáneo propio los debates en vivo. Por último, las conclusiones que salgan de la misma serán transmitidas al Gobierno y al Parlamento pero con la consideración de recomendaciones no vinculantes.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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