Hace 8 meses, Coonic
Kefrén, hijo del sol y morador de esta grandiosa pirámide que vuelve a abrir sus puertas. Poco se sabe del cuarto faraón de la Cuarta dinastía, por lo que para conocer sus misterios es necesario adentrarse en su último refugio. Descendemos por esta angosta galería. Y descansamos en esta pequeña cámara, donde se depositaban las ofrendas al lado de una estatua que acogía el alma del faraón. Al fondo se ve otro camino, el que asciende al centro de la construcción. Y a partir de aquí, sólo este mágico corredor nos separa del último rastro que nos dejó Kefrén hace 4.500 años. Al menos queda el sepulcro de granito, donde su descubridor, allá por el siglo XIX, sólo encontró unos huesos de vaca. Este restaurador nos explica los trabajos que se han realizado para limpiar la cámara y abrirla de nuevo al público, junto a la inscripción del italiano que lideró la expedición. TOTAL Mohamed Hemeda, inspector de antigüedades en las Pirámides de Gizah Representa un palacio eterno para la otra vida, porque los antiguos egipcios creían en la resurrección y en que hay otra vida después de ésta. Así que el faraón se construía esta tumba para resucitar, nos dice este otro experto. Echamos un último vistazo, en busca del espíritu ausente de Kefrén. Antes de emprender el camino de vuelta y encontrarnos de nuevo con el Dios del Sol. En frente nos topamos con la única Pirámide mayor que la de Kefrén, la de su padre Keops. Y a su lado, tumbas reales recién abiertas, decoradas con escenas de la vida diaria y estatuas de la esposa de Kefrén. Hay rastro incluso de la familia y, según algunas versiones, la cara de la esfinge revela el rostro del rey. Pero su milenario guardián no hace sino ocultar todos los enigmas encerrados en la gran necrópolis del faraón Kefrén.