En la imagen, el presidente estadounidense Barack Obama y su esposa, Michelle Obama. EFE/ArchivoCuando, a principios del mes pasado, Barack Obama acudió a aceptar la nominación de su partido como candidato oficial a los actuales comicios, no dominó los titulares tanto como su mujer. Michelle Obama le robó gran parte del protagonismo en la prensa nacional e internacional con el discurso, sentido y directo, que pronunció unos días antes que su marido. De aquella convención demócrata de septiembre, las citas que se recordaron fueron las suyas. Tal es la capacidad de seducción mediática de la Primera Dama. Tal es la inusual credibilidad política de la que disfruta a cambio.
Sin embargo, y al contrario de lo que pueda desprender su imagen de mujer comprometida con las causas de su marido, la influencia de Michelle termina ahí. En una entrevista reciente con la cadena ABC, la Primera Dama ha explicado que no solo no visita a su marido en el despacho oval, sino que apenas habla de actualidad con Barack. “En un trabajo así, lo último que necesita el presidente de Estados Unidos cuando vuelve a casa es que alguien le esté martilleando y preguntando por las decisiones que ha tomado”, ha dicho.
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Prosigue Michelle contando que a ella, que al fin y al cabo no es una mujer de las que se queda en casa como otras primeras damas del pasado (de hecho es altamente popular por su activismo en dos causas: popularizar la comida sana en Estados Unidos, lo que contenta a los liberales; y atender a las mujeres de miembros del ejército, lo que contenta a los conservadores), le cuesta a veces reprimirse el gusanillo de saber a qué ha dedicado el día el presidente de Estados Unidos cuando lo tiene tan cerca en la cena. Y aun sin el atractivo de la inquietud política, añadió en un alarde de dominio mediático, a veces también se reprime cuando necesita a su marido por algún motivo personal si ve que está ocupado con otra cosa.
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“Tiene gente que está en las trincheras de sus asuntos todos los días y yo no hago más que entrar y salir en ellos, y tengo mis propias cruzadas”, resumió. “No tengo ni la experiencia ni el tiempo para darle los consejos que ya está recibiendo”. Esto del tiempo es importante: es lo que aleja a Obama de la incómoda imagen de mujer domésticamente sometida que prefiere no meterse en los asuntos importantes de su marido, algo contrario a la imagen que pretende dar de ejemplo de esposa independiente con sus propios negociados.
Sí que admite haber aceptado que sus hijas Sasha y Malia se criaran en la Casa Blanca en contra de su voluntad, porque no quería ser “la única que” se interponía en las ambiciones políticas de su marido. De nuevo rehuyendo de la imagen de mujer sometida, añadió que “Al final, para Barack lo más importante es la familia y si yo no le hubiera dejado, él no se hubiera presentado a presidente. Lo cual era algo de lo que me sentía incapaz, porque tenía que pensar más allá de mí misma y de mi familia. Tenía que pensar en cuánto podría beneficiarse este país de su liderazgo”.
Fuente: NYDaily News

