43 minutos. Es todo lo que he tardado en cambiar mi viejo ordenador portátil Apple iBook por un flamante MacBook negro de la misma marca. Al cabo de ese tiempo he seguido trabajando como si nada hubiera ocurrido. Todos los datos, aplicaciones, cuentas de usuario y configuraciones funcionan exactamente igual que antes, salvo por el aumento de velocidad del procesador y la mayor capacidad del disco. Ojalá todos los procesos de migración fueran tan sencillos. La magia tiene dos componentes: un simple cable DV cruzado, para conectar entre sí los puertos IEEE1394 de los dos ordenadores, y el programa Asistente de Migración incorporado en el sistema operativo OS X. Basta con arrancar el equipo antiguo en modalidad de dispositivo, manteniendo para ello pulsada la tecla T, para que su disco aparezca montado como unidad FireWire externa en el sistema operativo del ordenador nuevo. El programa de migración se encarga de todo lo demás: en menos de tres cuartos de hora he podido continuar con mi trabajo, ya que al reiniciar el MacBook se conectó automáticamente a la red WiFi.
Aclaro que el iBook sigue funcionando perfectamente, pero su procesador de 800 MHz y sus 30 GB de disco se habían quedado cortos para trabajar con ficheros de vídeo.
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