La portada de Le Monde con un Sarkozy rejuvenecidoHace unos días, el ex presidente francés, Nicolas Sarkozy, estuvo cenando con el ex presidente español José María Aznar. Esta pareja siempre ha tenido mucho en común: dos políticos conservadores cuya trayectoria se ha marcado por la mano dura con sus propios países y la megalomanía de cara al exterior, han estado casi siempre de acuerdo en bastantes asuntos, aunque sus presidencias nunca coincidieran. Pero esta vez, más que nunca, tenían mucho que poner en común. Sarkozy es desde hace unos meses lo que Aznar lleva casi diez años siendo: un ex presidente. Y, a juzgar por cómo está organizando Sarkozy su tiempo y cómo le vemos dar su primera conferencia en inglés, ese idioma que desconocía hasta hace poco, va a seguir la misma trayectoria que su homólogo español.
La primera preocupación de Sarkozy tras su derrota fueron los síntomas de depresión, un mal que asola a muchos políticos retirados, cuando sus rutinas se ralentizan, sus obligaciones se reducen y, lo que es aún más duro de ver, la política y el país en sí siguen funcionando sin él. Sabiendo que tenías pocas posibilidades de ganar contra François Hollande, era algo que le preocupaba desde semanas antes de las elecciones, según su ex consejero, Pierre Giacometti. Lo primero que hizo fue irse a África (no olvidemos la gran conexión que hay entre Francia y algunas regiones de este continente, un ripio de la época colonialista), a pasar diez días en una de las instalaciones de Mohammed VI. A nadie se le escapa que allí se le trataba todavía con los lujos de un cabeza de Estado. "En Francia, es un ex presidente; en el extranjero es todavía un héroe", sentencia Giacometti. Una forma de aliviar la transición.
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¿Qué le aguardaba después? Durante años, Sarkozy había comentado a sus amigos que esperaba la dolce vita de un presidente retirado. En este caso, como Aznar, eso quiere decir aprender inglés (esa gran batalla que lleva librando desde sus tiempos de instituto) con un fin muy específico. Sarkozy ha dicho recientemente a amigos suyos: "¡Conferencias! ¡Nada que no sean conferencias! ¡Se puede vivir muy bien!". Así, está barajando invitaciones de universidades estadounidenses, de think tanks internacionales y otras muchas instituciones. Hace poco menos de una semana se estrenó en este extraño puesto de conferenciante ambulante: en Nueva York, donde habló de la economía mundial que él intentó arreglar siguiendo las indicaciones de la canciller alemana Angela Merkel.
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De lo que no hay información, pero es latente viendo fotos como la que llevaba hace poco el semanario del periódico Le Monde en su portada, es que también ha estado cuidando su físico. Bronceado, más delgado y con una cara decididamente menos mohína que cuando estaba al frente de la segunda economía europea, se ve que ha estado mimando su cuerpo más que antaño. La política, eso sí, no le abandona. Salta cada vez que un amigo le pide que dé un discurso durante la típica cena entre amigos (que en su caso suelen ser supermodelos e intelectuales), lee la prensa con cuidado y se le vio mucho más feliz el día que la publicación L'Express se preguntó en la portada "¿Y si Sarkozy tenía razón?".
El otro día, un periodista le preguntó qué le gustaría que dijera la gente sobre su futuro. Él contestó: "Nada, soy una persona privada". Y luego su mujer, Carla Bruni-Sarkozy, añadió: "En todo caso, hará lo que quiera. Ya sabes que no podemos evitarlo".
Fuente: Le Monde
