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    La carrera desesperada que no pudo salvar a Rena

    Un niño recibe tratamiento en un hospital cerca de Alepo (AFP)La madre y la abuela de Rena, una niña siria de cuatro años, se habían quedado esperando en casa. Estaban solas. Salvo por la compañía que pueda ofrecer un agujero de bala en la ventana, un charco de sangre sobre el suelo y el diente de una hija que acababa de recibir un balazo que parecía haber surgido de la nada mientras jugaba en el regazo de su madre.

    Puede que en cualquier otro lugar baste con sumar estos elementos para describir el problema. Pero esto es Alepo (Siria), donde las tropas de Al Assad están concentrando su batalla contra los rebeldes que pretenden derrocarlo, y aquí el problema no es solo recibir un balazo. El problema es recibir ayuda.

    Así que la historia de Rena no acaba cuando cayó al suelo después de que la bala le entrara por una mejilla, gritó pidiendo ayuda y luego se quedó callada. Más bien empieza ahí. La madre tuvo que pedir ayuda de su vecino, porque ella no podía salir a la calle sin un acompañante varón. Con el cuerpo inerte de la pequeña entre los brazos, el vecino se hizo a la calle, detuvo un camión y se montó.

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    Dos jóvenes transportan el cuerpo de un niño, abatido durante un ataque aéreo en la provincia de Alepo (AFP)Al poco decidió que el coche con periodistas de la CNN que le estaba siguiendo, intrigado, se movería mejor entre el tráfico. Les pidió que se detuvieran, dejó el cuerpo de Rena en el asiento de atrás y les pidió que fueran al hospital más cercano.

    En los hospitales de Alepo se ven atrocidades a diario, pero la imagen de una niña herida en la cara no ha perdido su eficacia. Al verla, desangrándose por la boca, emitiendo un extraño sonido gutural (descrito como "inhalación seguida de una gárgara") para sobrevivir, decidieron atenderla de inmediato. La bala le había entrado limpiamente y, aunque no podían encontrarla, sobreviviría. Pero no allí. No en un hospital rebelde, que suele tener el suministro de bienes cortado y agotado. Había que llevarla a un centro del régimen.

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    Cuando el vecino volvió a casa de Rena, los miembros de la familia se pudieron tranquilizar relativamente. Estaba recibiendo la mejor atención médica posible. Un experto de la CNN inspeccionó el agujero de bala y concluyó que había sido un francotirador. Ya que las tropas no pueden operar en zonas llenas de rebeldes, como la que alberga la casa de Rena, a veces mandan a esta gente a, al menos, infligir daño. Un último apunte: desde donde se supone que estaba, el francotirador no podía saber a quién estaba disparando. Es probable que tampoco le importara.

    Al día siguiente se conoció la noticia: Rena había sido tratada por especialistas en dos hospitales distintos del régimen. Y había muerto. La bala, que no habían podido encontrar antes, resultó estar en su garganta.

    Fuente: CNN

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