Hambruna infantilLeo en un medio estadounidense las declaraciones de Josette Sheeran, director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, afirmando que vivimos en la época post-excedentes.
Sheeran desmiente el dicho que sostenía que el mundo era capaz de fabricar alimentos para todos, pero que simplemente los humanos no éramos capaces de distribuirlos equitativamente. Lejos de cumplirse, la Tierra no puede producir alimentos para una población en constante crecimiento.
La prueba de esta imposibilidad se manifiesta, por enésima vez, en el cuerno de África, uno de los lugares donde más descarnada se muestra una realidad que se ceba de nuevo donde nuestra conciencia más nos golpea: en los niños.
La sequía impenitente que lleva asolando durante dos años el sur de Somalia, país en el que casi el 30% de los niños sufren malnutrición, ha levantado la voz de alarma. Hace pocos días, UNICEF anunciaba que casi medio millón de niños morirá en la región a causa de la hambruna. Mientras tanto, uno se queda pensativo leyendo las declaraciones de Jose Esquinas, experto de la FAO, en las que advierte cómo un 15% de los alimentos se tiran sin abrir.
Sociedades amenazadas
Hace unos años, el hambre de biocombustibles provocado por la escalada en el precio del petróleo elevó el precio del maíz en México provocando un alza en el coste de las tortillas básicas. Mientras, en Indonesia, los 240 millones de habitantes producen la tercera cosecha de arroz en importancia del mundo y, sin embargo, no tienen suficiente, por lo que se ven obligados importar más cereal. El 60% de su población vive con menos de 2 dólares al día y se ven obligados a destinar (en un buen año) el 40% de su presupuesto a alimentos. Cuando el precio del arroz (sujeto a los dictámenes de los especuladores) sube, necesitan destinar a alimentos el 70% de su presupuesto.
De nuevo son los niños los que pagan el
Campamentos en Somaliaprecio más alto. Los 3 primeros años de la infancia son vitales para el desarrollo cerebral. Durante este período el cerebro absorbe hambriento los nutrientes necesarios para su crecimiento y para el establecimiento de conexiones neuronales que acompañarán al niño a lo largo de su vida. Mal alimentados, hipotecan su vida.
Uno tiene la sensación de que el hambre en el mundo es un problema solucionable al que simplemente no damos prioridad. El presupuesto mundial de la FAO para 2 años equivale a lo que gastan dos países desarrollados en comida para perros. Vivimos en un mundo de recursos finitos, administrados muchas veces por empresas para las que el beneficio y el crecimiento económico lo es todo. El inevitable alza en el precio del petróleo se traslada de forma automática al precio de los alimentos, lo cual augura futuras hambrunas y beneficios para las petroleras a partes iguales.
Parece que los políticos han perdido el poder a manos de los economistas. He aquí un ejemplo: mientras desde hace unas semanas se producía la terrible catástrofe que sigue asolando a Somalia, los periódicos solo hablaban del abismo económico que amenaza las economías de Grecia, Italia y Portugal. Por otra parte, las naciones civilizadas dedican ingentes cantidades de dinero a salvar a sus banqueros mientras en otras partes del mundo la gente lucha por sobrevivir. En un mundo perfecto el hambre sería solo una pesadilla del pasado. Tal vez movimientos como el del 15-M sean el germen de un futuro más ético.
