Hildegarda durante una de sus visiones "sobrenaturales" | Crédito: Wikipedia."…Del cielo abierto vino a mí una luz de fuego deslumbrante; inundó mi cerebro todo y, cual llama de fuego que aviva pero no abrasa, inflamó todo mi corazón y mi pecho (…) Y, de pronto, gocé del entendimiento de cuanto dicen las Escrituras…"
Así se expresaba, en uno de sus múltiples textos, la religiosa, escritora y mística alemana Hildegarda de Bingen. Escribió tales palabras a mediados del siglo XII, y con ellas trataba de explicar las visiones sobrenaturales que, según su testimonio, venía sufriendo desde que tenía apenas tres años.
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Convertida en santa —y propuesta para "Doctora de la Iglesia" por Benedicto XVI—, la monja germana sigue gozando hoy de una gran devoción, aunque los historiadores están más interesados en su abundante producción literaria y musical, realmente singular para una mujer del siglo XII.
La idea de poner por escrito sus vivencias y aquel conocimiento "revelado" vino, precisamente, de la voz sobrenatural que acompañaba siempre a sus visiones, y que en 1141, le ordenó que a partir de ese momento dejara constancia escrita de todo lo que veía y escuchaba.
Tras pedir consejo por escrito a Bernardo de Claraval, quien le animó a continuar con su tarea mística, llegó también el visto bueno del pontífice.
Con el beneplácito de la Iglesia de Roma a sus actividades, Hildegarda de Bingen se dedicó a partir de entonces a la tarea de poner por escrito las "verdades" reveladas que recibía durante sus visiones místicas.
Al mismo tiempo comenzó un intercambio epistolar realmente notable con algunos de los personajes más influyentes y poderosos de su época. Al ya citado Bernardo de Claraval se sumaron después obispos, reyes y pontífices.
Todos ellos consultaban a la abadesa en busca de consejo pues, además de mística, Hildegarda tenía fama de ser una excelente profetisa. No en vano, fue conocida como "la sibila del Rin".
Una de las páginas iluminadas del 'Scivias' | Crédito: Wikipedia.Dejando a un lado sus pretendidas dotes visionarias, lo cierto es que Hildegarda nos dejó un importante legado literario que se ha convertido en un inmejorable testimonio sobre la visión religiosa del siglo XII.
Además —y esto es lo que más nos interesa—, las ilustraciones que acompañaron a sus descripciones místicas nos han dejado algunos de los manuscritos iluminados más sugerentes y brillantes de toda la Edad Media.
En su producción literaria destacan de forma especial tres obras: la primera de ellas es 'Scivias', un manuscrito en el que refleja veintiséis de sus visiones, con alegorías sobre los dogmas del catolicismo.
La segunda, con el título de 'Liber vitae meritorum' o 'Libro de los méritos de la vida', recoge los distintos "vicios" espirituales y las virtudes opuestas, hasta un total de 35, a los que da forma de bestias monstruosas o figuras humanas, respectivamente.
El último trabajo es el 'Liber divinorum operum' o 'Libro de las obras divinas', en el que Hildegarda describió otras diez visiones místicas relacionadas con la cosmología, relacionando las partes del cuerpo humano con el universo conocido.
Y es quizá esta obra, de las tres, la que nos ofrece algunas de las imágenes iluminadas más bellas y enigmáticas, cargadas de un potente simbolismo que recoge ideas místicas y filosóficas que se remontan a la Antigüedad.
Una de las imágenes más conocidas procede de una copia del 'Liber divinorum…', el 'manuscrito 1942' que se conserva en la biblioteca estatal de Lucca (Italia), y que constituye un fantástico ejemplo de la pervivencia en la Edad Media de las ideas paganas sobre la relación entre los astros y el ser humano.
El 'hombre microcósmico' de Hildegarda | Crédito: Wikipedia.
La imagen muestra a un hombre en el centro de las esferas celestes, con los brazos extendidos y tocando el círculo con la cabeza, manos y pies. La propia Hildegarda aclara su significado: "…la figura humana es tan alta como ancha si las manos y los brazos se extienden (…) Es así porque el firmamento también es tan largo como ancho".
La miniatura se convertía en un ejemplo perfecto de las doctrinas astrológicas de la Antigüedad y la idea del microcosmos-macrocosmos, por la cual el Hombre era un reflejo a pequeña escala del Universo.
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Una imagen poderosa y sugerente que, por cierto, acabaría por convertirse en "semilla" —tanto en diseño como en significado— de otra obra magistral con el ser humano como medida de todas las cosas: el célebre Hombre de Vitrubio de Leonardo.
