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    Arte secreto

    La pintura “psíquica” que obsesionó a Conan Doyle

    Retrato de Arthur Conan Doyle | Crédito: Wikipedia Commons.Sir Arthur Conan Doyle, el creador del detective más famoso de todos los tiempos (el racional Sherlock Holmes), fue, paradójicamente, un decidido defensor de lo sobrenatural y un asiduo participante a sesiones de espiritismo.

    Unas creencias que se acentuaron tras la muerte de su hijo durante la Primera Guerra Mundial, y que se sumaba a la pérdida de su primera esposa, su hermano y dos sobrinos. Con tales antecedentes, no es de extrañar que Conan Doyle comprara, en 1928, una pintura con fama de haber sido realizada bajo "influencias psíquicas" por el artista australiano Will Longstaff.

    La obra, titulada 'La retaguardia (El espíritu de Anzac)', representa a un grupo de soldados fantasmales que pertenecieron a un batallón desaparecido bajo el fuego enemigo en Gallipolli, uno de los más cruentos escenarios de la Gran Guerra.

    Según explicó en su momento el propio Longstaff, se sintió embargado por una extraña sensación —"una irrefrenable necesidad de pintar"— que le urgió a plasmar la imagen que se había formado en su cabeza "con la rapidez de un rayo".

    El artista aseguró también que había completado la obra en una sola sesión, después de haber estado pintando febrilmente durante más de once horas seguidas, llevado "por una sensación que no había tenido con ningún otro trabajo".

    'La retaguardia (El espíritu de ANZAC)' | Crédito: Bonhams.En realidad, esta no fue la única pintura de este estilo que realizó a lo largo de su carrera. El propio Longstaff había luchado en la Primera Guerra Mundial y, cuando acabó la contienda, comenzó a desarrollar su pasión por el arte, especializándose en pinturas que recordaban a los fallecidos en la terrible Gran Guerra.

    De hecho, en julio de 1927, más o menos en las mismas fechas en las que pintó el cuadro comprado por Conan Doyle, Longstaff había asistido a la inauguración en Ypres (Bélgica) de un monumento que recordaba a las víctimas de aquella barbarie.

    Al finalizar el acto, recorrió las calles de la localidad y, según aseguró, su mente se vio invadida por imágenes de los espíritus de los soldados muertos. Cuando regresó a Londres, pintó rápidamente una obra plasmando aquella sensación. Un cuadro que se convertiría en su pintura más famosa: 'La puerta de Menin a medianoche'.

    Las singulares experiencias pictóricas de Longstaff convencieron a Doyle de que el artista australiano aplicaba su pincel guiado por "influencias psíquicas" —es decir, por espíritus del más allá— y, con el recuerdo de su hijo Kingsley aún en mente, decidió comprar una de sus obras.

    La Puerta de Menin a medianoche | Crédito: Wikimedia Commons.Casi con toda certeza, Conan Doyle y Longstaff llegaron a tener un contacto cercano. Ambos vivían en Sussex por aquellas fechas, y el célebre creador de Sherlock Holmes llegó a comentar que consideraba a Longstaff como su "alma gemela".

    En los años 20 del siglo pasado, época en la que el artista australiano pintó buena parte de sus "pinturas psíquicas", el espiritismo estaba muy extendido en Europa y EE.UU.

    Los millones de muertos causados por la Primera Guerra Mundial y por la pandemia de "gripe española" ayudaron a difundir esta curiosa práctica, pues eran muchas las personas que veían en ella una oportunidad de comunicarse con sus familiares fallecidos y mitigar así su dolor.

    Conan Doyle fue uno de estos convencidos en la realidad del contacto con el más allá. De hecho, decía haber "hablado" con los espíritus del novelista Joseph Conrad o el imperialista británico Cecil Rhodes, entre muchos otros.

    El médico y novelista conservó la pintura hasta su muerte en 1930 y, desde ese momento, su paradero se convirtió en todo un misterio, hasta el punto de que durante décadas muchos estudiosos pensaron que quizá se trataba de la misma obra que 'La puerta de Menin', dada la similitud del tema.

    Sin embargo, en abril de 2010 la casa de subastas Bonhams anunció la puesta en venta de la pintura adquirida por Doyle, que hasta ese momento había estado en manos de un coleccionista privado de Australia, con un precio de salida de unos 40.000 euros. Reaparecía así la obra que obsesionó al escritor hasta el final de sus días, quizá porque simbolizaba la esperanza de volver a reencontrarse algún día con su hijo Kingsley y el resto de sus familiares ya fallecidos.

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