Retrato de Michael Maier | Crédito: Wikipedia.Hace unos días, al hablar de la pintura de Tintoretto 'El origen de la Vía Láctea', vimos que el emperador Rodolfo II había reunido en su corte a sabios de todas las disciplinas, lo que en su época incluía a astrónomos y matemáticos, pero también a magos y alquimistas.
[Artículo relacionado: Torrentius, el pintor hereje que escandalizó a Holanda]
Uno de ellos fue el alemán Michael Maier, un médico y alquimista —el prefería el término 'químico', pues detestaba a los "falsos" alquimistas— que estuvo en la corte del emperador durante poco más de un año y medio (entre 1609 y 1611).
En ese tiempo ejerció como médico personal y alquimista de gabinete de Rodolfo II, títulos que había recibido junto a los de caballero exento y conde palatino.
Maier no estuvo mucho tiempo en la corte del emperador de la casa Habsburgo, pues pronto emprendió viaje de nuevo (había visitado la mayor parte de las ciudades y universidades italianas) y recaló en la corte de otro monarca, en este caso Jacobo I de Inglaterra, para más tarde regresar a su Alemania natal.
Aunque dedicó buena parte de su carrera oficial a la práctica de la medicina, la auténtica pasión de Maier era el estudio y la experimentación de la alquimia y el hermetismo.
Sus primeros contactos con estas disciplinas habían tenido lugar en la década de 1590, mientras trabajaba como ayudante de Matthias Canarius, médico real del rey Christian IV de Dinamarca, aunque su interés se convirtió casi en obsesión con la llegada del nuevo siglo.
Una obsesión que, muy posiblemente, le costó la vida, pues la mayoría de sus biógrafos actuales coinciden en apuntar a los humos tóxicos generados en sus experimentos químicos como los causantes de sus continuas enfermedades y su muerte prematura a los 54 años.
Portada del tratado 'Atalanta Fugiens', obra cumbre de Maier | Crédito: Wikipedia.En todo caso, y fueran o no los experimentos con alambiques y retortas los que provocaron su muerte, lo cierto es que tras su fallecimiento Maier dejó tras de sí un destacado legado literario compuesto por 19 libros y otros textos menores.
Entre estas obras encontramos títulos dedicados a la medicina, la poesía y la filosofía, pero también a la alquimia —o la química, como él prefería llamarla—, y las doctrinas herméticas.
En 'Symbola Aureae Mensae', por ejemplo, Maier repasaba la historia de doce hipotéticas "escuelas de misterios" que, según él, habían aparecido a lo largo de la Historia en otras tantas naciones, desde la iniciada por Hermes Trismegisto en el Antiguo Egipto, hasta la Orden Rosacruz aparecida en Alemania.
Ésta última, supuestamente surgida durante la vida de Maier, fue objeto de varios de sus escritos, en los que la alababa y hacía suyos buena parte de sus doctrinas, pese a que hoy se sepa que la Orden fue poco más que un mito.
A pesar del indudable interés de estos tratados, fue una de sus últimas obras la que le otorgó la fama y le hizo ser recordado en la posteridad.
Este trabajo, titulado con el lema latino 'Atalanta Fugiens' (La fuga de Atalanta) constituye, a decir de los especialistas, uno de los ejemplos más bellos y enigmáticos jamás creados de entre los tratados dedicados al "noble arte de la alquimia".
Editado por primera vez en la ciudad de Oppenheim en 1617, la obra resultó toda una novedad en su época, al estar por compuesta por 50 grabados de contenido alquímico que iban acompañados por sus correspondientes explicaciones y otras tantas 'fugas' musicales.
Esta triple "composición" constituye, a decir de los especialistas, una de sus mayores singularidades, y convierte al 'Atalanta Fugiens' casi en un tratado "multimedia", pues se puede leer, escuchar y disfrutar de sus imágenes al mismo tiempo.
Uno de los enigmáticos grabados del 'Atalanta' | Crédito: Wikipedia.
Los historiadores suelen atribuir los hermosos —y enigmáticos— grabados al artista Matthäus Merian El Viejo, quien en la fecha de la publicación del 'Atalanta' era yerno del editor, Johann Theodor de Bry, aunque otros autores apuntan a que fue este último el responsable de las ilustraciones.
[Artículo relacionado: El enigmático manuscrito Ripley]
En uno u otro caso, la belleza de los grabados está fuera de toda duda, aunque su interpretación —pese a que sepamos que es de naturaleza alquímica—, siga suponiendo un desafío a estudiosos e investigadores.
